
EVAPORACIÓN ~ Una reflexión que acompaña a la exhibición “Mundo” por Javier Gonzalez Pesce
TOKAS, Tokio, Japón ~ 2024
Fotos: Kenji Takahashi, cortesía de TOKAS
“en los intersticios de materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es aquello que oímos y denominamos silencio”
Clarice Lispector
MUNDO (una exhibición)
Durante Noviembre y Diciembre se exhibió en el espacio TOKAS de la ciudad de Tokio la exposición MUNDO, con la participación de las y los artistas León & Cociña, Aymara Zegers, Sofía de Grenade, Sebastián Mejía, Irma Sepúlveda, Juana Subercaseaux, Nicolás Rupcich, Cristobal Cea y Patricia Dominguez y bajo mi curatoría. La propuesta plantea ciertas conexiones entre el trabajo de estos artistas configurando un entramado que propone una mirada en torno a la relación que establecemos como especie (humanidad) con el entorno natural, por la vía de unas regulaciones diseñadas por medio de la política como una herramienta mediadora.
Escribí hace algunas semanas sobre esta exhibición un texto que fue publicado en Artishock. Ahí propuse una reflexión en torno a la exhibición, a ratos, usándola como un sistema. La exhibición misma como un organismo que mi pensamiento recorrió como gusano bajo tierra, conectando sentidos y sensaciones contenidas en las piezas que articulan la muestra. Cada pieza entonces como una isla enterrada en una sustancia que es de alguna manera el espacio afectado por la exhibición. Este nuevo texto (y porqué no el otro un también poco) pretende convivir con la exhibición, no como una guía al pensamiento o un relato que nos conduce por sus contenidos, en esta oportunidad quisiera que el texto mismo tuviese la categoría de elemento poético en sí (otra unidad más dentro de la exhibición como un sistema, un archipiélago para la experiencia y el sentido).
En el Texto anterior yo mencionaba que la exhibición tenía una vía de acceso y una vía de salida, una boca y un ano (como un organismo). El ano y la boca son las únicas partes que no se mueven (las obras de León & Cociña y Patricia Domínguez), el resto flotan como unidades sensibles ingrávidas (claro que las obras en la exhibición estaban quietas, pero las pienso como en flujo), como leves asuntos encerrados en un ambiente anti-gravitacional. Las piezas entonces se encontraban en lugares específicos según un diseño de montaje, el que fue una manera de situarlas en el espacio, pero bien me hubiese parecido encontrarlas cada día de exhibición en un lugar distinto, como si estuviesen transitando la sala (mi pretensión es que este texto tenga esa misma categoría, una partícula que flota junto a las otras partes de esta exhibición, como si esta fuese un sistema en constante estado de reorganización). Este espacio sin gravedad (lo que queda dentro de los contornos de la exhibición imaginada) bien pudiese ser también una tripa, un estómago; un lugar obscuro en donde las cosas se mezclan, se atraviesan se desintegran, se convierten en una misma cosa. En el estómago no hay orientación posible, la única dirección es la disolución de todo hasta la pérdida total de diferencia, el estómago es una máquina de degradación. Un espacio de corrosión que tiene por objeto separar lo que nutre de lo que no, haciendo concentrados de nutrientes y concentrados de desecho. El procedimiento estomacal es el de quitarle los contornos a las cosas para deshacerlas dentro del cuerpo extrayendo su función nutricional, haciendo de todo lo que ingresa en este una pulpa.
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AGUA
Estamos hechos, en importante medida, de agua. La humanidad es entonces un tipo de líquido, como un océano pero con otra forma, con otra manera de moverse y con la capacidad de hacer otras cosas. Podríamos decir que a los océanos, sus partículas y partes, se mueven por medio de fuerzas del tipo natural, que la física puede explicar. Toda el agua del mar se encuentra pegada, cada partícula se choca con otras generando una vastedad acuosa. Cada partícula de mar se encuentra sujeta a la voluntad de la gran masa de partículas, en este sentido se mueve todo junto, un gran ser pesado que se incrusta como una gran mancha en cada cavidad de la tierra a la que su cuerpo logra acomodarse. El océano mismo como organismo pareciera ser un gran estómago con una serie de sistemas adentro. De alguna manera todo está un poco diluido dentro del mar (por mucho que si existen contornos en su interior). Un arrecife de coral, por ejemplo, puede ejecutar una función homologable a la de un pulmón, pero sin ser cavidad. El efecto de su acción queda suspendido en el medio acuoso (y no contenido como en los órganos corporales), ejecuta su labor como un efecto al ambiente, el que luego se encarga de transportar para que su acción sea de mayor alcance. Los moluscos, filtran, como hacen los riñones, pero su estrategia no es desde la opacidad, sino desde la dispersión. Cada pequeña concha submarina esconde una pequeña lengua depurante, el efecto de todos estos seres dispersos actúa sobre el ambiente, oxigenándolo, limpiándolo. Y así lo que expulsa un cuerpo lo ingiere otro, generándose una sucesión descomunal de emanaciones fluctuantes, que atraviesan todo lo que tocan, como en una comunidad que se conecta a través de la materia misma y por medio de su flujo y movimiento. Una democracia colaborativa de los fluidos. Entonces, si el cuerpo animal está lleno de cavidades, bolsas corporales que, en su interior movilizan procesos vitales sobre las materias que engullen y hacen circular de órgano en órgano, en una sucesión de tratamientos vitales, el Mar es como una gran medusa, sin bolsa alguna, un organismo sin compartimientos, una mancha gigantesca donde los procesos vitales suceden sostenidos en el ambiente. Pero, y así nos dice la ciencia, todo animal terrestre (incluida nuestra especie), proviene del mar. Seres que reptaron desde el agua, se han adaptado en una travesía de transformación evolutiva milenaria, hasta conquistar unas formas anatómicas adaptadas a la vida sobre la tierra. De alguna manera también somos el mar, unas partículas de este que avanzaron hacia la conquista del territorio terrestre, el que hemos logado habitar con bastante éxito. Si el delirio ambicioso de Elon Musk se concreta, podríamos decir que, unas partículas de mar rebeldes, devenidas humanas conquistará Marte. El primer guarisapo que se aventuró a escapar de los límites del agua, nunca imaginó que ese incómodo gesto de curiosidad, era el inicio de un proceso evolutivo que hoy nos tiene viviendo una fase avanzada del proceso de tecnificación del mundo. Y el cuerpo humano sigue siendo 80% agua. Es una parte del mar que se ha reproducido fuera de este conquistando un nuevo territorio. Pero sin duda, y aunque sigo pensando que somos cuerpos de agua y que nuestro origen son los océanos, no somos lo mismo que el mar. De este nos revelamos y hoy pareciéramos incluso agredirlo, podríamos decir que renegamos de este origen, del cual además dependemos vitalmente, cual adolescente rebelde. Y no es que le declaremos al mar nuestra animosidad, es que simplemente no sabemos vivir sin atentar contra su bienestar (que también es el nuestro, ya que, de alguna manera, seguimos siendo lo mismo). Y como descendientes del pez que quiso explorar nuevos territorios, resulta natural que, la legión de mamíferos humanos, seamos un poco antagonistas de las formas más antiguas del agua. Como planteaba en el otro texto; si el cuerpo humano está compuesto en un 80% de agua, la expansión, multiplicación y crecimiento de nuestra especie implica la deshidratación de otros cuerpos.
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COLONIZACIÓN
“Si la América indígena de los Siglos XVI y XVII representó, para los humanos que la invadieron, un mundo sin humanos -ya sea porque la despoblaron objetivamente, ya porque los hombres que encontraron allí no cuadraban en la categoría de humanos-, los indios sobrevivientes, los terrícolas de pleno derecho de aquel Nuevo Mundo, se vieron, a la inversa, como hombres sin mundo, náufragos, refugiados, inquilinos precarios de un mundo al que ya no podían pertenecer. Y, no obstante, inesperadamente, muchos de ellos sobrevivieron. Pasaron a vivir en otro mundo, un mundo de otros. Algunos de esos náufragos se adaptaron y se modernizaron… Otros luchan por mantener lo poco de mundo que les quedó, con la esperanza de que, mientras tanto, los blancos no acaben por destruir su propio mundo, el de los blancos mismos, ahora convertido en el Mundo Común de todos los seres vivos” Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro.
Si la humanidad es un líquido (para esto me sustento en el hecho de la composición material del cuerpo humano, que es la unidad que constituye la humanidad), entonces los procesos migratorios, guerras y colonizaciones, de alguna manera son también fenómenos de lo líquido (en un sentido burdamente material). Derrames. Pero la parte compleja de este asunto -y la que la aleja de la mera fenomenología física- es el hecho de que la humanidad es también otras cosas. Quero plantear entonces los procesos coloniales como un problema hídrico, un asunto en el dominio de la distribución del agua (que se encuentra cifrada dentro del cuerpo humano). El cuerpo humano es portador de una serie de contenidos de diversa índole, para hablar de colonización propongo no olvidemos el dato de la composición líquida del cuerpo, pero ahora consideremos además en el contenido cultural, ideológico que se aloja en los sistemas humanos. Es en este campo en donde posiblemente encontremos mayores diferencias genéricas. Los cuerpos materialmente, inclusive genéticamente son muy similares, sus ideas eso sí, sus culturas y cosmovisiones, pueden llegar a ser opuestas, y esta sí es una característica del cuerpo humano de la que el mar no entiende. Si pensamos en las guerras como enfrentamientos materiales, podemos decir que son momentos de ebullición de la partícula humana como la reacción de distintas voluntades ideológicas en pugna (en este caso lo ideológico empuja a la destrucción de la materia). Cuando dos cuerpos culturales (o dos cuerpos de agua bajo los dominios de la forma humana) interactúan, existe la posibilidad de que sus contenidos ideológicos reaccionen de manera violenta, y esto aplica tanto a individuos como comunidades (de las dimensiones que estas sean). La colonización como un fenómeno del movimiento de comunidades europeas sobre otras zonas geográficas, si la vemos bajo la perspectiva del movimiento acuoso, podríamos decir es una especie de derramamiento o desplazamiento expansivo de una mancha hecha de personas. La unidad que compone la mancha colonialista (pienso en el proceso histórico de colonización de América) es el cuerpo humano de personas provenientes de Europa, cuya biología podríamos seguir dividiendo en unidades biológicas (hasta llegar al átomo). Pero no vamos a pensar en el mundo microscópico por ahora. El cuerpo humano es la unidad, porque este está compuesto, no solo de unas materias biológicas, sino también de unas componentes culturales. Entonces, la mancha no es solo una sucesión de cuerpos hechos (principalmente) de agua, pero también de individuos portadores de unas creencias, unos idiomas, unas ideologías y productos además de la influencia de su contexto e historia. De esta manera, la contigüidad de las partículas (los cuerpos humanos) también genera ondas de movimiento, como sucede materialmente en cualquier medio acuoso. La mancha Europea, al no reconocerse como igual en la composición de su sustancia cultural del las comunidades humanas encontradas en el “nuevo continente”, reaccionó con energía destructiva, avanzando sobre el territorio como una violenta máquina de conquista. Su objetivo es, en la medida de lo posible, neutralizar las formas culturales que ocupan el territorio ocupado, para homologarlas lo más posibles a las formas culturales Europeas. Este es un fenómeno que también se manifestó en la ínfima biología. La carga viral europea es de los primeros organismos que infiltran el territorio americano, los que, al ser completamente desconocidos para los cuerpos de esta zona del mundo resultaron dañinos, incluso mortales. Las enfermedades provenientes del continente europeo se infiltraron en los cuerpos de América, generando oleadas de enfermedades. De esta manera la fricción entre cuerpos de distintos continentes, se manifestó agresiva y llena de muerte en muchos niveles. Esto demuestra que, desde sus partes microscópicas a sus partes culturales, estas dos comunidades (colonos y nativos) siempre colisionaron con violencia mortal. Una sustancia humana se fue volviendo gobernante sobre la otra. El proceso colonial hiso desaparecer formas de vida, cosmovisiones, lenguajes, informaciones genéticas, en definitiva, todas esas variables que componen la diversidad humana. Y pensemos que un idioma no es solo un código que permite nombrar las cosas. Un idioma es un sistema para la construcción de sentido y sensibilidad. Un idioma se mueve, cambia, evoluciona, y es conformado como la estructura para la expresión y experiencia de una sensibilidad particular. Cada idioma contiene la posibilidad de constituir una subjetividad, de ensamblar una cosmovisión. La muerte de una lengua implica la extinción de una forma de existir y de sentir. Expandamos esto a escalas continentales, el impacto del proceso colonial de América es incalculable en cuanto a la destrucción de sensibilidades humanas, el fin de varios mundos.
El cuerpo es una conformación biológica, pero que contiene además una carga ideológica. La biología del cuerpo contiene la facultad de la reproducción, de manera antagónica a esta facultad tenemos la enfermedad o el envenenamiento, que, al contrario de reproducir, puede matar. El proceso de colonización está repleto de reproducción y de muerte, pero si lo pensamos bien, la carga human Europea actuó, sobre el territorio Americano como un ente viral. Su efecto, junto con el de la proliferación de cuerpos, trajo también el exterminio de unas comunidades para ser estas reemplazadas por otras (exterminio). La mera reproducción es un proceso más bien similar a la acción realizada por el estómago; la sumatoria nutritiva de organismos, un encuentro en donde dos corporalidades se entrecruzan hibridándose. La colonización, por el contrario, es un proceso en el que dos cuerpos se encuentran y el resultado es la aniquilación gradual de uno de estos, siendo la sustancia invasora la que termina por apoderarse de un territorio al que no pertenecía. Europa enfermó a América, no conocemos la cura.
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CUERPOS SUCECIVOS
Solemos percibir la vida humana como el tiempo vital individual que se inicia en el nacimiento de una persona y culmina con su muerte. La vida humana se regenera en el nacimiento. Un cuerpo que genera vida humana, da a luz, es uno que se escinde. Es una biología que se reproduce, externalizando un organismo (cuerpo) que proviene de sí, del interior de su propio cuerpo, que luego se desarrolla deviniendo humano independiente. Propongo pensar la reproducción como un proceso sucesivo en la que un cuerpo, una información genética, una biología extiende su existencia. El cuerpo en el que pienso es uno lineal (en términos temporales), un cuerpo que muere y que sobrevive en un proceso biológico de perpetuación y sobrevivencia genética. El cuerpo en el que pienso dura miles de años en una posta reproductiva que procura la conservación de una información genética. El cuerpo en el que pienso es uno que lleva adelante una empresa de sobrevivencia intergeneracional. Este cuerpo es una unidad lineal bifurcada, este cuerpo nunca se termina, solo se divide sucesivamente muriendo y naciendo múltiples veces desde una misma matriz. El cuerpo que imagino es uno en el que todos los parientes de todos los tiempos son unidades de sobrevivencia de un mismo organismo inextinguible.
A diferencia de las especies no humanas, lo que sobrevive en este proceso no es solo una biología, una genética o una raza, sino también un tipo de ser humano. El cuerpo humano es un aparato político, una unidad social. El cuerpo humano es portador de sensibilidades, el cuerpo humano es portador de una cosmovisión, de una potencia poética y una política de existencia. Cuando sobrevive una biología, esta también hace sobrevivir -perpetuando- una lengua, una sensibilidad, un sistema de creencias. Dentro de este sistema de perpetuidad biológica puede haber rebeldías valiosas, pero son sin duda la excepción. La reproducción humana reproduce a su vez maneras de pensar, maneras de sentir y maneras de vivir.
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LA GENÉTICA HUMANA ES LA SUSTANCIA DEL FIN DEL MUNDO.
“El blanco estudió, sabe escribir, ya sabía que el mundo iba a terminar con fuego, entonces dijo; Vamos a hacer la usina nuclear cuanto antes para que todo termine precisamente con fuego” Chamán citado por Aldo Litaiff.
Una cultura piensa que la otra está mal. Que la manera correcta de vivir es la que ella misma ha desarrollado y bajo la cual codifica su vida. En este proceso de choque instintivo que experimentan las sociedades cuando se encuentran unas con otras, tendemos a olvidarnos de que para creer en los sistemas sociales debemos portar, como si se tratara de un virus, unos convencimientos culturales profundamente arraigados. En el mundo hay distintas formas de gobierno nacional, cada una es solo practicable en la medida de que el territorio humano que la aplique, esté también (culturalmente) convencido de que esa forma de gobierno es una manera aceptable de organización. Siempre ha habido grupos sociales y culturales que se han sentido en la posición de superioridad que les habilita para imponer sus formas de comportamiento y administración política a otras, que incluso muchas veces les quedan muy distantes. Las guerras son actos de fuerza masiva que, muchas veces, confronta la arrogancia de partes que creen estar tan en lo correcto respecto de su manera de vivir y sentir que se sienten en condición de imponérselas a otros grupos humanos. En esta desconfianza que nos producen las posturas vitales de sociedades y naciones, es que hemos desarrollado una serie de armamentos y dispositivos bélicos con la capacidad de destruir el mundo varias veces. La violencia es una dimensión, que, bajo el dominio técnico y conducción humana, ha evolucionado. Un primer armamento disponible fue el propio cuerpo, el que luego complementamos con palos y piedras, para ir posteriormente sofisticando sus dispositivos y alcances. Así se ha avanzado en la sofisticación técnica de los armamentos de guerra, y si la tecnología bélica de la primera guerra permitía envenenar el aire asfixiando comunidades completas o arrasar materialmente con ciudades, ya hacia la segunda Guerra (desde la bomba atómica) que la humanidad ha dado con una forma armamentística que puede, no solo arrasar con los dominios propios de nuestra especie y el mundo que la circunda, sino que, hemos producido la energía explosiva capaz de producir un cataclismo. Y como un terrible guion de ciencia ficción, la historia de la humanidad, es también la historia biológica en la que, una parte de la vida del mar experimenta un éxodo hacia los territorios secos de la tierra, para luego evolucionar como especie al punto de tener la capacidad técnica de producir la evaporación de toda el agua del planeta, acabando en este evento con prácticamente toda forma de vida como la conocemos; el fin del mundo. Entonces, esa colectividad de animales marinos que, en una actitud que parece curiosa o aventurera, en realidad convirtieron toda su misión, luego de un proceso evolutivo de millones de años, en la posibilidad de la destrucción de su territorio de origen. La historia de la especie humana (de esta ser la responsable del fin de la vida en el planeta) es entonces la historia de una parte del mar que se revela de si mismo y produce su evolución como una entidad capaz de generar una sofisticación técnica de la violencia para producir su autoeliminación. Una parte del mar se transformó en humanidad para producir su suicidio. Y si bien el mar puede muchas cosas, no tiene herramienta que le permita suicidarse. Nos hemos permitido ver a la eutanasia como una forma de liberación, no es de extrañar que el mundo busque las vías de, en la medida de no poseer la capacidad de auto-eliminarse, generar un cuerpo que sepa ejecutar esta tarea, ¿por qué no contar con un plan de autoeliminación? Se que suena raro, pero esta es la fantasía (a ratos muy verosímil) que nos proponen películas como 2001, donde se plantea que la robótica, como invención humana y, luego de su desarrollo como ente con relativa autonomía, se devuelve hacia su creador (la humanidad misma) para eliminarla. Lo que parecía una herramienta, es, en definitiva, una vez emancipada, nuestra asesina. En mi relato la tecnología también está implicada, el fin es similar, solo me propongo fijar el origen varios millones de años antes. De esta manera el fin del mundo no es -solo- una empresa de la que la humanidad es responsable, sino también el mar, la naturaleza misma en un desencadenamiento de procesos evolutivos que producen la autodestrucción. Muchas veces hemos tenido la tentación como especie de pensarnos como apartados de la naturaleza; “somos otra cosa”, parecemos querer pensar. ¿Pero si somos otra cosa, entonces, qué cosa? Y como es qué, de todos los cuerpos vivos, solo la evolución humana alcanza el potencial de consumir toda la vida. Esa es una diferencia que me parece relevante. Propongo que sí somos naturaleza, pero una donde la continuidad de esta (de muchas maneras y formas), se ve amenazada. Esto incluso antes de la destrucción de todo, la sola posibilidad de que nos podamos pensar como forasteros de lo natural implica una primera discontinuidad, la que hace eco en muchas de nuestras actividades. Somos los inventores de lo artificial, sea lo que sea que eso quera decir.
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EVAPORACIÓN
Hoy vivimos conscientes de que nuestra propia vida ha generado sustancias que atentan contra la vitalidad del planeta, por supuesto con nosotros mismos como especie bajo amenaza de muerte. Si las generaciones humanas anteriores miraban el futuro como el espacio de lo posible, los humanos de este tiempo presentimos -o bien sabemos- que el futuro está hecho de calor, deshidratación y muerte. En este estado de conciencia, la depresión es una tendencia al alza. Autores como Franco Berardi ha reflexionado largamente en torno a esto. Si ya destruimos el mundo, o generamos una aceleración del calor que no sabemos (o no nos ponemos de acuerdo en) detener, entonces que sentido tiene seguir avanzando. La destrucción aparece como el destino posible, el acto cúlmine y más definitivo articulado por nuestra especie. El fin de la historia, bien puede ser uno que padezcamos como lenta sofocación o bien, aceleramos el proceso y hagamos una serie de explosiones atómicas que generen un alza repentina de las temperaturas, evaporándonos junto con todo lo demás que esté constituido de agua. El mundo que siempre nos ha parecido un territorio vasto, imposible de explorar en su totalidad, podría ser abrazado hasta cada rincón por un calor atómico definitivo. La explosión del arsenal nuclear mundial volvería a todas las partículas que existen en la superficie terrestre un asunto al dominio de la violencia producida por la humanidad. La pulsión de violencia del pasado (en la época pre-nuclear) tenía otros alcances. La guerra en el presente, podría implicar el fin del mundo, por lo que la pulsión de guerra de las grandes potencias -y más preocupante aún, de personas como Donald Trump o Vladimir Putin- podrían ser acompañados de un paradójico deseo megalomaníaco de trascendencia absoluta; provocar el “fin del Mundo” (sabemos que solo se acaba como lo conocemos). La próxima gran guerra puede ser el fin de la historia, el fin de la humanidad, el fin de la vida tal y como ha existido en el planeta por miles de años. Nunca le asignaremos un nombre propio a aquellos seres que tuvieron la primera pulsión rebelde y se alejaron del mar, desencadenando procesos evolutivos que poblaron la tierra firme de seres, pero si podemos tener conocimiento de quién es quién concluye con la tarea de destruirlo todo, cerrar el ciclo evolutivo que, tristemente, tiene como desenlace el vacío más desconcertante. Pero es precisamente en este punto en el que se aloja la paradoja del acto más determinante de la humanidad, y es que este implica una liberación de energía tan descomunal, que tiene la capacidad de transformar todo lo conocido de manera tan radical que, incluso no quedaría sobreviviente alguno que pueda hacer de testigo. En este punto la pulsión Narcisa pierde potencia, se da el paso más radical de la historia para encontrarse, luego de esto en un mundo sin una humanidad que pueda registrar este punto cúlmine dentro de su historia (esta se encontraría cancelada). De verdad espero que el narcisismo de los gobernantes actuales, no ponga el deseo de trascendencia por sobre las ansias de reconocimiento. Si todo viene del Big Bang como explosión original del universo, la bomba nuclear puede ser el fenómeno del origen a la inversa, eso sí, en la pequeña escala de nuestro planeta, ese lugar donde queda todo lo que conocemos.
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FIN
Al pensar en el mar, en el líquido, mencionaba que todas las unidades que lo componen están en contacto. Cada movimiento se traspasa a la partícula siguiente. Una ola es la acción en cadena de las partículas de agua empujándose unas a otras a través de la vastedad del mar, de costa a costa. En este espacio no existe individuo posible. Ni siquiera cabe acá la idea de lo “individual”, todo en el mar es “lo mismo”, mar, una comunidad indivisible. Si consideramos la vida sobre la tierra como un continuo evolutivo que se inicia en el mar (o una evolución de una parte del mar), podría uno decir, que la mayor conquista en términos de diferenciación respecto del origen, sería la individualidad. Las ideas políticas de Socialismo, por ejemplo, recogen en su reflexión sistémica respecto de la composición de lo humano, al mar y su sustancia interconectada como modelo. Las tendencias políticas actuales (post-fascismos) nos entregan el diseño de lo colectivo como una estructura de la competencia. Cada unidad constitutiva de lo social -cada persona- como un cuerpo en pugna con el siguiente. Estamos aspirando a conquistar una forma organizativa social que se opone sustancialmente a la forma organizativa del agua -la sustancia madre- lo que es una contradicción de lo que somos como especie; una nueva forma del agua. Nunca ha habido un tiempo como este, en el que el proyecto de destrucción del mundo resulte tan escalofriante (por su condición de posibilidad).








