Moontalker ~ Maru Aponte

Galería Agustina Ferreyra, Ciudad de México, México ~ 2024
Fotos: cortesía de Galería Agustina Ferreyra





Texto por Octavio Gómez Rivero:

El mar 
 que nadie cultiva
también es un jardín 
cuando el sol lo ataca  
…… .y las olas  
……… . se despiertan. 
Sabíamos esto  
y lo demás sobre el mar,  
porque nacimos cerca de él,  
 conocíamos sus cercos rosados  
en el borde del agua.
Ahí crecen los corales, 
y cuando es temporada  
las frutillas,  
y ahí mismo, más tarde,  
fuimos a recolectar  
las ciruelas silvestres.  
William Carlos Williams



Acarreamos con nosotros los paisajes en los que hemos habitado, estos nos habitan. Maru Aponte  (Puerto Rico, 1996) comienza su obra pintando en compañía, al aire libre, en lugares y con  personas a las que regresa frecuentemente. Y en cada ocasión, conocer los lugares secretos y su  ritmo lumínico particular es un regalo del habitar, ahí se juega toda la diferencia con ser un  turista, aunque te encuentres de visita. Pues Maru también vive lejos y en un segundo momento se  encuentra a distancias de aquello que pinta. Esta lejanía le permite una cierta claridad. En la  preocupación de entender lo que la distancia hace a la memoria, es que acontecen sus gestos  pictóricos. Quien se ha encontrado en una relación a distancia sabe, que están pobladas de  alteraciones de la memoria y que este hecho es lo que pone en marcha nuestro deseo, nuestra  capacidad de extrañar sin melancolía. Las memorias de los acontecimientos vividos juntos siempre  se ven modificadas. A “lo amado siempre se lo recuerda más pequeño o más grande”. De ahí que  estas pinturas exigen un cambio de escala en la mirada. La situación actual de la práctica artística  de Aponte es aquella de desarrollar un arte de las distancias y en ello se juega una intuición  profundamente paisajística. Esta distancia puede ser llenada de manera intensiva, como en una  conversación con la luna en el pleamar. Habitar un paisaje nos enseña que toda distancia es una  proximidad, y toda proximidad sigue siendo una distancia. Y si bien, la sensación de cercanía  producida por la virtualidad contemporánea es innegable, existen otros modos en que los cuerpos  han sabido permanecer cercanos: «Los tupí- guaraníes presentan esta situación: tribus situadas a  miles de kilómetros las unas de las otras, viven de la misma manera, practican los mismos ritos,  hablan la misma lengua. Un guaraní de Paraguay se encuentra en terreno perfectamente  familiar entre los tupí del Marañón, distantes no obstante 4.000 kilómetro.1 Esto nos muestra,  que en ciertos modos de la afectividad -la pintura de Aponte es un claro ejemplo de ello- somos  capaces de llevar nuestras tribus y sus paisajes siempre con nosotros, más allá de toda  separación.

“Encontrarse con el mundo, no solamente significa morar en la tierra, sino poetizar en el “relucir”  de la naturaleza. El paisaje, recogido alrededor de seres humanos e inclinados hacia ellos, es lo  que aparece como brillo inicial. Por ejemplo, en el poema tardío “Si desde lejos”, nos dice  Hölderlin: “de aquellos lugares que tan bien conocía: todas las bellezas de mi tierra que florecen  en las costas bendecidas…aún se satisface con el recuerdo de días que alumbraban”.”2 La pintura  de paisaje prueba esto: que la mirada no es nada más, que un cierto juego de proximidades y  distancias respecto su encandilamiento inicial. Maru Aponte pinta ese nacimiento de su mirada  sobre la tela. Es decir que, en relación al gris punzante como color del encandilamiento, del  desvío, surgen las relaciones cromáticas que componen estas pinturas. “Si entendemos la crisis  política que atraviesa Occidente como expresión de una pérdida del sentido telúrico y del paisaje.  Si esta es una crisis de existencia en la organización de la metrópoli, entonces el paisaje es la  extática que puede ofrecernos la “simpleza de una imagen”. Experimentar el paisaje, habitarlo, o  atender a una incorporación del pensamiento paisajístico, le devuelve el brillo a eso que  encontramos en el mundo. Un brillo que es ya poetizar en medio de un cielo despejado.”3 La técnica de la acuarela ha sido entendida en la historia de la pintura como un género  menor, asociado al ocio y no al rigor artístico del medio, de ahí que a los pintores que hacen uso  de ella se les llame de manera bellamente despectiva Sunday Painters. La condición de minoridad  de la acuarela está determinada porque ella posee su propia agencia, desea a la par del pintor y  exige una negociación continua, un baile delirante, es un proceso al cual uno se abandona, un  abandono que cierto cuerpos no están dispuestos a habitar. Hay una insularidad inaprensible pero  presente en este cuerpo de obra, en sus gestos acuosos, solmarinos. En las obras más recientes  de Aponte -aquellas que habitan el suelo de la galería- podemos percibir cómo transita de una  fenomenología protestante presente en la historia de la pintura de paisaje europea, a una  ontología neo-barroca del caribe. Si la enmarcación paisajista de la tradición europea concibe el  paisaje a partir de su composición mecánica, como una superposición de planos y estratos  discontinuos. En la experiencia barroca del resplandecer, el paisaje se despliega en un continuo  heterogéneo, en un organicismo corporal. La intensidad caribeña de este cuerpo de obra, no  radica solo en su regimen de color y sus temáticas, sino en su compresión barroca del continuo  desplegarse cromático del paisaje. De ahí que las obras más recientes tratan al paisaje como una  superficie susceptible de ser plegada, como lo son nuestros cuerpos.

1. Clastres, Pierre. La Sociedad contra el Estado. Montes Avila Editores. 1978 
2. Muñoz, Gerardo. Paisaje contra política: algunas consideraciones sobre Hölderlin. Academia de Santiago. 2020. 
3. Ibídem.