Sobre Concha en ácido de Elizabeth Burmann por Sergio Soto Maulén

MAC, Santiago de Chile, Chile ~ 2024
Curaduría: Sergio Soto Maulén

En el recorrido de las cuatro salas del MAC donde se expone “Concha en ácido” de Elizabeth Burmann Littin, acompañamos a un crustáceo imaginado en su devenir material. Nos hacemos partícipes del relato de la disolución. En un diálogo con la arquitectura (material y simbólica) del museo, esta exposición presenta una fábula en torno a la disolución tanto de materialidades orgánicas en el océano, así como también de ciertas estructuras simbólicas de la cultura. A través de una  serie de obras que varían entre esculturas, instalaciones e intervenciones en el espacio, nuestra escala o autopercepción se distorsiona frente a cuerpos, criaturas y fenómenos más-que-humanos.

Esta exposición es el resultado de una serie de reflexiones, experimentaciones y relatos que a continuación intentaré describir. Desde la curaduría, la obra de Elizabeth Burmann fue abordada como un dispositivo material con el potencial de contaminar una serie de ideas, conceptos, modos de producción y jerarquías propias del arte y su institucionalidad. 

Tanto las reflexiones curatoriales como los procesos de producción artística, estuvieron determinadas por el deseo de tensionar la relación entre arte, naturaleza y cultura. En este sentido, el Feminismo material, fue refugio y compañía; una postura radical e inconclusa que nos permitió especular tanto sobre nuestras expectativas colectivas como las personales.

Intentamos cumplir el desafío autoimpuesto de desplazar nuestro cuerpo hacia medioambientes no-humanos, como el océano, tanto como fuese posible.  Según Emanuele Coccia (2019), estos espacios que consideramos “inhabitables”, jamás serán “definitivamente inhabitados”, y por lo tanto, en vez de controlarlos o domesticarlos, tenemos el deber de mezclarnos. Como si pudiéramos compartir la disolución de una serie de zonas fronterizas.



Registro: Felipe Ugalde


Decidimos viajar a Tongoy y aislarnos a modo de residencia para pensar sobre nuestra exposición. De este modo, la playa, como un territorio ambivalente, una fantasía que limita con la cultura y con la naturaleza, fue nuestro refugio y nuestro punto de vista. Fue en su recorrido, donde visualizamos los múltiples destinos de la disolución. Patas, trozos y pieles de cangrejos, así como conchas repartidas en la arena nos contaban su historia de vida así como su declive. En general pudimos entender que estas materialidades ruinosas, alguna vez criaturas autónomas, habían sido parte de un delicado ecosistema: alimento para aves, alimento para humanos, mercancía o incluso simplemente residuos orgánicos depositados por la fuerza del océano y sus mareas. A veces basuras, a veces tesoros, como menciona Elizabeth. Progresivamente, cada vez que volvíamos a la playa nos hacíamos parte de la disolución de estas criaturas, entendiendo que no había distancia entre su destino y nuestro cotidiano. Que no éramos seres pasivos, y que nunca lo habíamos sido. 


Registro de la artista. Enero, 2024.


La figura del cangrejo decorador fue fundamental, ya que sus características esenciales, casi por casualidad, representaban también figuraciones equivalentes a prácticas humanas, siendo la decoración la más evidente. El cangrejo decorador recibe su nombre ya que en su desplazamiento por el fondo del océano va recolectando materiales orgánicos, desechos, que le sirven de alimento y material de camuflaje. De manera progresiva, los cangrejos decoradores van cambiando la apariencia de su caparazón con las distintas materialidades que seleccionan; ocultando su presencia entre el paisaje orgánico del fondo del mar. 

De tanto recorrer una playa, pudimos ver incontables distorsiones materiales. Tal delicadeza y complejidad morfológica, gentilmente, nos iba exigiendo un lugar en las 4 salas de Concha en ácido. Entablar ese vínculo con seres ya diluídos, afectados por otras especies y por nuestras costumbres nos ayudó a resolver la lógica curatorial de la exposición y la forma de las obras.

 

Registro de la artista. Enero, 2024.


Como se puede advertir en el nombre de la muestra, esta exposición toma prestadas ideas presentes en el ensayo Your Shell on Acid (tu concha en ácido) de la académica Stacy Alaimo y que refieren a una serie de reflexiones sobre la crisis del presente. Este tipo de producción académica poco a poco ha ido configurando nuevos aparatos críticos, filosofías, o corrientes de pensamiento, tales como los feminismos materialistas, posthumanos, postnaturales, oceánicos, entre otras metodologías y disciplinas. 

A grandes rasgos, esta serie de reflexiones piensan de forma interseccional las crisis del mundo actual, ya sea en el ámbito político, económico, ecológico, social, doméstico y/o afectivo. Entre otras cosas, el texto de Alaimo busca descentralizar nuestro pensamiento para considerar otras formas de existencia (no humanas) con las que podríamos establecer alianzas e imaginar otras formas de existencia más allá del antropocentrismo.

En su ensayo, Alaimo nos invita a considerar dentro de nuestras reflexiones en torno a las crisis del presente, a pequeñas criaturas que actualmente experimentan la disolución catastrófica de sus propios cuerpos en el océano. Esta exposición se suma a esta búsqueda y este encuentro con procesos biológicos y materiales más-que-humanos. Tanto el ensayo como esta exposición toman como punto de partida la acidificación de los mares y sus consecuencias. Dedicimos imaginar materialmente nuestra transcorporalidad en la deriva de estos relatos ignorados y así aproximarnos a una multitud de criaturas que padecen otro tipo de catástrofes; extinciones y/o disoluciones irreversibles que a simple vista parecieran no afectarnos. 

Una hipótesis importantísima de Alaimo nos dice que incluso el uso del término “antropoceno” (concepto que establece que la crisis actual del medioambiente es producto de actividades humanas de caracter industrial desde la modernidad), debe ser atendido con desconfianza. Si bien el término ha sido relevante para vincular la agencia de lo humano en la crisis ecológica, también ha sido usado para reafirmar la soberanía del hombre con respecto a la naturaleza. El término es más o menos ambivalente, no queda claro si es una crítica o un elogio a las actividades industriales del hombre.

Los gases contaminantes que se acumulan aceleradamente desde la industrialización de la vida humana en la atmósfera, eventualmente son depositados en el océano. Una serie de procesos químicos provocan que las aguas aumenten su temperatura, y por lo tanto su nivel de acidez. Una de las consecuencias de esta acidificación es la disolución de estructuras de carbonato de calcio. Este mineral se encuentra en pequeñas criaturas, como cangrejos, moluscos y comunidades planctónicas. Son estos seres, los que actualmente padecen la disolución de sus conchas y caparazones.


Sala 9, MAC. Registro: Felipe Ugalde


Con la intención de exceder una contemplación pasiva de estas escenas de extinción “Concha en ácido” de Elizabeth Burmann, construye materialmente un relato para autopercibirse como cuerpos expuestos a la disolución de nuestras propias conchas. Primero desde la imaginación material, ya que el mineral que está más presente en nuestro cuerpo es el carbonato de calcio (en huesos, uñas y dientes). Pero además, diluir una serie de corazas simbólicas que nos determinan como sujetos individuales, alienados y a veces, carentes de empatía; absolutamente inmersos en ideologías nocivas (muy humanas) como el capitalismo neoliberal.


Detalle Sala 8, MAC. Registro: Felipe Ugalde


El desafío de aproximarse materialmente a seres y medioambientes más-que-humanos a través de este conjunto de obras, es el resultado de la investigación que Elizabeth ha llevado a cabo de manera interdisciplinar. En 2020, con motivo de su examen de título del MFA en Escultura en RISD (Rhode Island, EEUU), la artista se hizo cargo del cuidado de dos cangrejos decoradores. A través de este vínculo, pudo acompañar y registrar una serie de comportamientos particulares de esta especie. En este caso, los cangrejos habitaban un acuario, un ecosistema mediado por Elizabeth, una forma de domesticar el mar. 

Otro proyecto relevante para esta exposición es la acción “conchada muladar” que llevó a cabo por primera vez en 2019. En esta ocasión, la artista hizo una invitación abierta a comer choritos y luego realizar souvenirs con las conchas que se iban acumulando. Luego fue reproducida en 2022, como un ejercicio de activación de su exposición titulada “Agua malva”. Con esta serie de acciones quedaba en evidencia nuestro lugar en los ciclos de consumo y desecho, así como también la tensión e intercambio entre prácticas naturales y culturales. Esta atención al devenir de los choritos en el cotidiano se vuelve mucho más relevante cuando consideramos que estos moluscos son criaturas filtradoras, por lo que digieren muchas partículas tóxicas provenientes de emisiones humanas/industriales que llegan al océano. De este modo no solo nos estamos alimentando, sino también compartiendo una serie de afectaciones materiales, tensiones y vínculos de conveniencia que son estratégicamente ignoradas por el relato cultural.

Registros “conchada – agua malva” 2022


Este ejercicio colectivo nos permitió dialogar sobre nuestra relación con otras materialidades, cuestionar nuestras tradiciones, los impactos del descarte y la basura, así como también imaginar inmediatamente nuevas vinculaciones entre especies.

Este tipo de operaciones críticas tiene su origen en una serie de dislocaciones epistemológicas del postmodernismo, que luego son abordadas desde una postura feminista que busca superar la insuficiencia del giro linguístico y, por lo tanto la reconstrucción fallida de nuevos campos de sentido. Tal como indica Alaimo: “Las deconstrucciones rigurosas de Jacques Derrida y Luce Irigaray (especialmente presentes en Speculum of the Other Woman) han expuesto la lógica perniciosa que categoriza a la mujer como subordinada, inferior, un espejo de lo mismo o todo pero invisible.” Hasta este momento, representado en estos autores, las feministas postmodernas evidencian una serie de binarismos: femenino / masculino, naturaleza / cultura, y llaman a deconstruir estas dicotomías en vez de seguir desplazándose entre ellas. A pesar de esto, autoras como Alaimo, que alientan un feminismo postnatural y posthumano, dan cuenta que la distancia entre lenguaje y realidad aún es aceptada, a propósito de la incomodidad que significa para este modo de pensamiento asumir la relevancia de las interacciones materiales por sobre el lenguaje en el establecimiento de lo real. Es decir, autoras como Alaimo aplican un giro feminista al aparato crítico postmoderno que define la realidad desde el lenguaje sin considerar las complejas e incontrolables derivas materiales. 

Siguiendo esta crítica, el síntoma que manifiesta la necesidad de un feminismo material que no esté subordinado al lenguaje, Elizabeth Burmann a través de Concha en ácido, ejercita lo que autoras como Alaimo proponen como punto de partida para pensar la crisis del presente. Y es que, de forma irrenunciable, estamos en constante interacción e intercambio material con otros cuerpos. No solo como un fetiche materialista, sino también como una imagen, o un fenómeno, que nos permite asimilar que los aspectos simbólicos de la cultura occidental tales como ideologías, políticas y economías han determinado nuestro devenir material y viceversa. De manera simple, aquello que creemos simbólico, discursivo o cultural, es también un fenómeno material. Además de estar determinados por la cultura, estamos afectados materialmente, como si cada cuerpo, cosa o materia, al encontrarnos dejara un rastro a nivel celular acoplado a nuestros fluidos, pieles y/u órganos. Un ejemplo de esto es la presencia irreversible e indudable de microplásticos en nuestro organismo.


Desde la práctica artística, es fundamental cuestionar nuestra manera de visualizar y pensar el cambio climático. Cuestionar el imaginario con que representamos la crisis medioambiental como un suceso apocalíptico, y de la misma forma, repensar una serie de perspectivas epistemológicas que nos conducen a la negación absoluta de lo no-humano. 

La exclusión de lo más-que-humano evidencia cuestiones mucho más simples de lo que pensamos. Por ejemplo, a pesar de haber sido ampliamente cuestionada: la visión, como instrumento y mecanismo para representar y entender el mundo (desde el renacimiento), sigue siendo una herramienta fundamental para describir e interactuar con el mundo y lo que nos rodea. Como consecuencia, todo lo que el lenguaje y la dialéctica no puede abordar, todo lo que excede a la razón es ignorado, o simplemente, no existe. De esta manera, muchas de las operaciones articuladas por esta exposición deben ser representadas, o relatadas, a partir de una memoria líquida: algo como un ensayo, una crónica o un registro acuoso. Un texto que se desplazara por los diversos ejercicios, imágenes y ánimos que den cuenta del relato emotivo de esta experiencia situada.



Equipo de trabajo Concha en ácido: Dibujante: Simón Jarpa. Arquitecto: Ignacio Lira Montes. Asistente de arquitectura: Javiera Paz Pino Gallardo. Diseño de iluminación: Pascual Mena Rodríguez. Producción: Tarix Sepúlveda, Francisca Geisse, Ivanna Donoso. Asistencia en obras: Anastassia Carachi Olivier, Paloma Pacheco, Alexia Apablaza. Asistente curatorial: María Errázuriz Subercaseaux. Desarrollo electrónico y programación: Taller Dinamo – Gustavo Muñoz. Fabricación CNC: Labomat Departamento de Arquitectura, Universidad Técnica Federico Santa María. Montaje: Víctor Flores, Adolfo Bimer. Practicantes: Catalina Martínez, Paz Ponce Andrade, Carolina Tavolari Holzhauer, Emilia Astorga Calcagno, Amanda Romero Gili.