SITU #7 / Errata

Ana Dias Batista, Brasil.

 

Galería Leme, São Paulo, Brasil – 2017.
Curador: Bruno de Almeida
Fotos: Filipe Berndt – Cortesíia SITU y Galeria Leme.

 

El trabajo  site specific de Ana Dias Batista para la Bienal de Arquitectura de  São Paulo, subraya las tensiones y contradicciones de la relación entre el edificio de la Galeria Leme y la ciudad.
Esta intervención, realizada en el contexto del progarama SITU, se desarrolla  en la frontera entre el espacio público y el privado, es decir, en las fachadas principales del edificio y en el patio que conecta ambos espacios.
El  proyecto  fomenta el diálogo entre el arte, la arquitectura y la ciudad como una herramienta para el análisis y la problematización de la dinámica urbana.

 

En las fachadas, donde se encuentran pichações (escritura callejera distintiva encontrada en São Paulo y Río de Janeiro, Brasil), la artista agregó otra pintura, que se encuentra comunmente en la ciudad, imitando un muro de piedras. En el patio interno de la galeria, se colocaron varias tartarugas de concreto, utilizadas en la ciudad para impeder que los automóviles entren en determinados lugares, definiendo el límite de espacio del peatón y de coche.

 

La pintura imitando un muro de piedras, es un tipo de dibujo que generalmente es encargado para frenar las pinturas no deseadas en las paredes de sus propiedades. A diferencia del pichação, dicho graffiti está legalmente permitido y aceptado socialmente. Por lo tanto, un tipo de lenguaje se usa estratégicamente para evitar un congénere, jugando con un código de conducta que existe entre quienes pintan (legal o ilegalmente) las paredes de la ciudad.

 

La pared intervenida por Ana Dias Batista, a pesar de sus similitudes formales con otras, parece funcionar de acuerdo con otra lógica. Es tarde para evitar cualquier tipo de escritura ilícita y parece coexistir en pie de igualdad con ellos. Cuando se ve interrumpido por el patio de la galería, este muro bidimensional se transforma y se rompe en numerosos obstáculos de hormigón que se distribuyen por el suelo del patio, que a pesar de estar abierto a la ciudad suele utilizarse como aparcamiento privado. Pero tales obstáculos tampoco parecen cumplir su función original de ordenar y limitar el tráfico de automóviles. Su cantidad es excesiva, su posición es ilógica y redundante y no impiden la circulación de vehículos en esa área.

 

Al determinar qué territorios deben protegerse y qué individuos deben ser restringidos, la artista va en contra de una categorización que es característico de las políticas actuales de limpieza socio-espacial.
Comprender el espacio urbano, desde simbólismos colocados sobre un muro, elemento arquetípico de separación territorial y la base para definir el límite entre lo público y lo privado, resulta inquietante ya que es la causa y consecuencia de una sociedad “amurallada”.

 

 

“ En el anonimato de la vida urbana cotidiana, donde el diálogo con el conciudadano se puede evitar fácilmente, la ciudad impone una interlocución constante e ineludible, actuando como una interfaz comunicacional entre el sujeto que la vive y una multiplicidad de discursos que dan forma a su territorio. El espacio urbano es el resultado de la sedimentación y la realización de una serie de narrativas pertenecientes a diferentes tiempos, autores e ideologías. Pero su polisemia está regulada y homogeneizada por un discurso oficial que difunde un conjunto de valores y normas públicas. Sirven para organizar y ayudar a la vida cotidiana de la ciudad, pero también para controlar y prevenir cualquier tipo de expresión que va en contra del autorizado. Dichos códigos de conducta no solo se fusionan con el vocabulario visual de la ciudad, sino que se vuelven inseparables de la forma en que se leen. Pero también se encarnan en elementos cuya presencia condiciona el libre tránsito de ciudadanos, haciéndose indivisible de su experiencia física del espacio. Tales estrategias, desde las más subliminales hasta aquellas que virtualmente impiden cualquier contestación, se implementan desde la escala del cuerpo hasta la escala de la metrópolis, dando forma gradualmente a la autoimagen y conciencia cívica del individuo.

 

(..) La lucha contra el reclamo simbólico de espacio que está en oposición al discurso dominante se justifica como una medida para evitar la depredación del entorno construido y validada por motivos de embellecimiento urbano y limpieza, entre otros. Paradójicamente, muchas de estas estrategias oficiales terminan convirtiéndose en manchas en una ciudad supuestamente “normalizada” y “apaciguada”. Surgen otras variaciones de estos mismos mecanismos, pero operan disfrazados. Algunos, por ejemplo, copian las contranarrativas anulando así su naturaleza subversiva. Mientras que otros evitan un lenguaje ilícito mediante el uso de sus idiomas congéneres, como en el caso del graffiti que se utiliza para evitar “pichações”, jugando con un código de conducta entre diferentes agentes. Estas y otras estrategias se integran gradualmente en el glosario urbano y son diseminadas y reinterpretadas por cada grupo social o individuo, por lo que se adaptan a la especificidad de sus contextos y criterios. De esta manera, los nuevos vocabularios defensivos se crean y se replican ad infinitum, lo que los hace cada vez más autónomos de su propósito original. Terminan por restringir a todos y a nadie, creando lugares que están marcados por una tensión subliminal y ambigua, donde hay una confusión de qué controles y qué se controla, qué amenaza y qué se amenaza.”

 

Bruno de Almeida