
Una descarga eléctrica ~ Bitácora de residencia
Residencia producida por Oficina Viceversa en Santiago de Chile ~ junio del 2026
Curadora y mentora: Mercedes López Moreyra
Agradecemos a Fernando Moya, productor de Artes Visuales del Centro Cultural Las Condes, a la gestora cultural Maria José Rodriguez y a Fernando Ansoleaga, coordinador Santa Rosa de Apoquindo.

Una descarga eléctrica es un laboratorio ~ residencia urbana para artistas de Chile y la región.
Su primera edición fue realizada del 3 al 13 de junio en el Centro Cultural Las Condes ~ Sede Santa Rosa de Apoquindo. El programa buscó activar procesos de conexión, concentración y detenimiento sobre la práctica personal en una experiencia grupal.
A partir de una convocatoria abierta e internacional, fueron seleccionadxs 13 artistas de Chile y Argentina, cuyas trayectorias, generaciones y búsquedas dan cuenta de una amplia diversidad de perspectivas y prácticas. La propuesta buscó poner en red, potenciar y amplificar sus dinámicas, intereses y producciones, propiciando un espacio común de intercambio y experimentación.
La sala se configuró como un espacio activo, en permanente montaje y desmontaje, porosa a cruces y conversaciones. Tiras de cinta azul delineaban formas, cuadrículas y espacios virtuales que habilitaban nuevas posibilidades de composición, señalaban límites, tensiones u obstáculos dentro del proceso.
En esta publicación compartimos breves bitácoras, reflexiones y escritos de lxs artistas de la primera edición de Una descarga eléctrica:
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Josefina Garzón (Córdoba, Argentina)
El vuelo seguía durando lo mismo. cuando llegué, piso 3 puerta 4 porque Uber todavía tiene eso que no está regulado con el gobierno. El viaje fue en silencio. Por ahí, antes lo que era un servicio más nuevo, la gente hablaba más. El auto era eléctrico, cuando había algún semáforo había un silencio puertas adentro del auto que de alguna manera, era perfecto aunque sentía la música del auto de al lado, el ruido de los frenos de otro. Antes, te buscaban unos autos más hechos pelota, manuales, ruidosos e improvisados, como la conversación.
1.La montaña
2.los techos a dos aguas
3. las palmeras
4. la ruina
5. el edificio
6. Los martes se saca lo que no queres mas
7. los cascotes de hormigón.
Los Andes tenían más presencia de lo que recordaba. por ahí porque había llovido el día anterior y estaba todo más claro. pero me sentía más cerca. por ahí era el barrio. Pero algo yo sentía diferente, como cuando hay algo en tu campo visual que es muy grande. como que invadía los ojos. Pensé en los edificios, siempre compitiendo. Brillantes de acabado, bamboleantes. Ese día pasé de nuevo por todos esos lugares por los que ya había ido, por épocas de hecho pasaba casi todos los días, para poder salir de la casa. Es curioso cómo es un lugar que conozco, pero extraño, como estar dentro de un sueño donde la gente no es quien es en el sueño, el lugar es ese pero de otra forma. Los negocios muchas veces seguían vendiendo lo mismo pero con otra marca. Donde vendían útiles de colegio ahora venden productos coreanos, la entrada sigue siendo verde manzana. La galería caracol es la misma pero adentro hay muchas más cosas para perros y anime. Hay un local de uñas gigante, no hace tanto frío. Hay un ‘veranito de San Juan’ según escuché. Después de todo ese recorrido, a la noche, se me enfrió el cuerpo. Fue como inevitable, el cuerpo tiene memoria.
1. Lapsus
2. Misa
3. Un mundo Duradero
4. otorgar
5. Pilar
6. Apilar
7. Afirmar
Ayer volví a salir a caminar pero me perdí más de una vez. Los lugares por los cuales pasé me habían parecido más brillantes la última vez que pasé por ahí. Había algo medio decadente y penoso esta vez. Me pregunto qué voy a sentir si paso por donde vivía, porque ahí sí me sentía decadente y penosa. Una vez, no quería volver a mi casa, aunque era pandemia. Saqué un permiso para ir al super, me compré una etiqueta entera de puchos y en una plaza me senté en un árbol, de esos cuyas raíces son tan grandes que sirven de asiento, a fumar uno tras otro. Mientras veía cómo ese sol de invierno se iba de a poco. Me acuerdo todo de un naranja pálido, y el humo del pucho que hacía como una cortina fantasmal.
1. Propósitos
2. Frágil
3. Coherente
4. No ofrece refugio ni alimento
5. Presencia
6. Rawe
7. Fiel
Hoy pensé en las cosas y estructuras grandes, cuando caminamos debajo de ellas. Y el hecho de que podamos construir cosas mucho más grandes que nosotros. Pienso en cuando solo la naturaleza podía ser ese techo infinito. El árbol, el mástil más alto, la montaña lo más cerca del cielo. La lentitud. El árbol que se erige y la de la placa tectónica para moverse y formar montañas. Hay un árbol en Estados Unidos al que los yankis le hicieron un hueco para poder pasar al medio con el auto. Tenía 2000 años y era uno de los árboles más grandes del mundo. Pero hay algo, en su vulnerabilidad de árbol,que hizo que le hagan un hueco al medio. Hace que pase desapercibido, el hecho de que sea el árbol más grande del mundo.
1. precariedad
2. lo desmenuza desde adentro
3. prestado
4. más arriba
5. tesoro
6. calabozo
7. monumento
Esa noche, tuve muchos sueños. Soñé que me llamaba por mi nombre, parece que aprendió a hablar. Creo que es solo en la somnolencia, que puedo descubrir las señales. Mica cree fervientemente en ellas, por eso las ve. Como si tuviera un tercer ojo, que admito que admiro y del cual recelo al mismo tiempo.



Celeste Vilches (Santiago de Chile, Chile)
Reflejos de cielo sobre cielo falso
Mi práctica artística nace de la observación e interacción con un espacio al habitarlo en el tiempo. Transito diferentes paisajes: remotos, oníricos, literarios, interiores y exteriores.
Las herramientas son operaciones visuales y la Pintura es, muchas veces, el medio.
En la preadolescencia comencé a recorrer paisajes que existían entre las palabras y la imaginación. La literatura de ciencia ficción moldeó la forma en mi relación con el Mundo: un permanente asombro frente al presente en el que vivimos.
Posterior a una pausa de 3 años en mi quehacer artístico, llegué a la residencia con 2 deseos: pintar y a la vez alejarme de la Pintura. En un intento de abordar esta contradicción decidí usar los soportes que rescaté del edificio corporativo donde trabajé: cielo raso y alfombras. Estos materiales me interesaron principalmente por su formato modular (60 x 60 cm) y el desgaste que presentaban por el paso del tiempo. En la alfombra gris pude observar los rastros de sus habitantes: decoloración, mugre, huellas de los escritorios. En el cielo falso encontré marcas de filtraciones de color café en contraste con el blanco clínico que pretende neutralizar la estética del espacio. Estos gestos acumulativos sobre el material formaron lienzos involuntarios, pinturas espontáneas donde participaron cientos de personas.
Con la intención de forzar su descontextualización, realicé operaciones simples: la alfombra no es alfombra por tanto ha sido liberada de su condición rastrera y trepa por la pared. Así mismo, el cielo falso no existe en un plano bidimensional, sino que se plegó sobre sí mismo, convertido en un cuerpo geométrico y en un acto semántico de conciliación se viste con reflejos del cielo. Ambos se emancipan y coexisten fuera de su hábitat artificial.



Alvaro Agreda (Santiago de Chile, Chile)
Para mi uno de los motores primordiales de este proceso de creación se centra en el concepto de la mutación y transformación. Desde hace unos meses vengo surfeando un periodo oscuro de mi vida donde el único elemento o camino que pude ver fue la idea de mutar mi propio cuerpo, con la idea de poder ser otre, ser un ente que incluso yo mismo no reconociera con el fin de permitirme pensar en que hay muchas versiones o multiversos dentro de nosotros. Una de las cosas que me llamó la atención de trabajar con la piel, fue unos textos e imágenes que leí sobre las disecciones que los médicos de la época medieval investigaban y ensayaban en los cuerpos humanos; los médicos pensaban que dentro de la piel al córtala podrían encontrar duendes o seres extraños que vivían dentro del territorio corporal, como también imágenes o materias de la naturaleza, esta sensación me hizo pensar en todas las imágenes y emociones que llevamos dentro de nuestra carne humana. Por ultimo debo confesar que el desamor y mi último término amoroso fue un motor que me dejo una herida muy grande que me ha costado lidiar en el día a día, la nostalgia se ha apoderado de mí, donde la única manera de salir de ella era centrarme a crear con papeles. Como si el collage fuera mi propia forma de diseccionar en cuerpo y alma.
La residencia Una descarga eléctrica me brindo un espacio de simbiosis entorno a los materiales que estaba ocupando durante mi proceso creativo, el observar constantemente a las demás artistas intentar moldear sus materias (objetos, pintura, metal, telas, arcilla entre otras) me hacía reflexionar en cómo me conectaba con el papel. Fue muy estimulante entender que la materia me llevaba a mi propio camino. Mirar las fotografías de mi piel, en sus múltiples colores y territorios, me permitía pensarme de forma abstracta, por partes y que genero el resultado de la pieza creada, fragmentos de mi funcionaban como un “Frankestein”, concepto que Mercedes le da luz a la guía en el proceso, eso amorfo o dicotómico que me permitió salirme de lo figurativo.
El cuerpo desde un lado político también se piensa como un territorio regulado, leído y normado por otros, donde se categoriza de manera interseccional (género, clase, raza, edad o salud) atravesada por sistemas de poder que lo clasifican, la jerarquizan y la disciplinan. La piel al ser fragmentada y reconfigurada, deja de funcionar como superficie de control y se convierte en un espacio de posibilidad, donde lo “el frankenstain” puede leerse como aquello que se aleja de la norma para pensarla como resistencia frente a modelos corporales hegemónicos, donde incluso lo orgánico y natural toma elementos de un humano. El collage se vuelve un procedimiento conceptual que replica la propia lógica de la obra: cortar, desplazar y reorganizar para proponer nuevas posibilidades de observar un territorio corporal, permitiendo imaginar que somos fragmentos de otra cosa.



Mariana Guagliano (Córdoba, Argentina)
“Tenía alrededor de 7 años cuando me levante esa mañana de calor cordobés en las sierras. Recuerdo que mis padres no estaban y mi abuela nos estaba cuidando. Éramos varios en el cuarto, estilo pijama party de los 90, colchones en el piso, dulces por doquier, Vichen y la chocolatada, y el benteveo en la ventana.
El calor nunca fue un impedimento para que yo durmiera siempre tapada con colchas. Aún lo sigo haciendo, solo necesito sacar una pierna para afuera y se me regula la temperatura. A Violeta le pasa lo mismo y siempre es motivo de risa.
La noche anterior había sacado una colcha del placard donde estaban las mantas tejidas por mi abuela, las guardadas por años, las de paño y la guarda de tafeta de algún color chillón que mi madre prefería evitar, y trataba de buscar alguna que fuera de algún color menos saturado. Elegí la de la guarda rosa y motivos marrones.
Esa mañana, mientras hacíamos la cama, después de la charla eterna con las amigas, y los cuentos de terror, vi entre la sábana y la colcha dos figuritas hermosas, casi abrazadas, casi encimadas. Como las vi en el medio de la sábana estirada por encima de mi cabeza, no entendí bien lo que había visto. Volví a levantar la sábana y ahí estaban ellos dos, o ellas: unos alacranes preciosos, agarraditos, formando un círculo. La primera impresión fue de querer tomarlos y comerlos, después alguien advirtió del peligro porque empezó a gritar. Mi abuela vino corriendo desde su cuarto y entre todas pudimos ponerlos en un frasco. Al cabo de un tiempo nos contaron que eran de los venenosos: “Son malísimos nena, que suerte que no te picaron, y mira que dormiste con ellos”
El estado de alerta siempre es una constante en mi vida, pocas veces cambia
cuando me muevo
cuando me voy
pero ni siquiera cuando duermo
Quiero cambiar la escala… una señalización
M me dice que confíe en el bordado
Quizá tenga que usar las cadenas, las trenzas, los hilos para marcar hacia donde
Me traje un montón de bastidores relicarios, hechos por C a mano, que señalan el preciosismo que me interesa.
Me acorde que Tere en el 2013 me recomendó “Lo bello y lo triste” de Kawabata. y “Stoker”. Al libro lo leí dos veces… me dejaba sin respirar la ultima parte. Después leí que Kawabata se suicido. Sylvia Plath, poeta de la cual tome el nombre de esta serie “Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez”, también se suicido. Los alacranes cuando se sienten amenazados por el fuego, también se suicidan. Se clavan su propio agujón y veneno.
“Desde entonces bordo para recomponer un archivo afectivo: diarios íntimos, fotos, aromas y temores de la infancia. La serie nace de ese archivo íntimo, hecho de imágenes y sensaciones de mi infancia y juventud, guardadas en diarios, que dialogan con las voces de mujeres artistas y escritoras de la historia. En esa búsqueda de resonancias, diferencias y afinidades entre mundos, se va tejiendo la obra, cuyo título —“Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez”— está tomado de un verso de Sylvia Plath. Así, el gesto repetitivo de la aguja deviene escritura que sutura lo íntimo y lo colectivo. Bordar, entonces, es cartografiar silencios: convertir objetos domésticos y temores infantiles en una red de afectos, resistencia y cuidado.
Convertir mis miedos y temores en objetos portables… brillantes”



Micaela Bossio (Santa Fe, Argentina)
Comienzo trabajando con el desbordamiento de la palabra. Cómo la palabra puede ahogar, pero También dar oxígeno. Y en cómo encontrar el límite entre esas dos polaridades.
Recolecto restos. Recupero escritos personales que durante años permanecieron guardados como descarte y los mezclo con la basura (contaminación externa) que encuentro en el territorio que habito temporalmente, para luego prenderlos fuego. El incendio puede ser una amenaza, pero también funciona como un intento de desarchivo. La palabra sobrevive a pesar de que quiero eliminarla.
El fuego funciona también como herramienta gráfica. Al quemar mis escritos personales junto a los residuos, la palabra pierde su función comunicativa y se convierte en huella. La destrucción no implica desaparición, sino la aparición de una nueva forma de inscripción. Así, el mismo acto que parece borrar produce una nueva escritura.
El registro fílmico aparece por primera vez, como descanso de la palabra. Hay un desplazamiento del escrito a la imagen. La cámara como extensión de mi mano se presenta casi como un block de notas. Pero la operación es siempre la misma: desbordamiento- intento de eliminación- sobrevivencia.
La rosa roja atraviesa el video como una promesa de belleza. Una flor recién cortada que tomo del paisaje y la acerco a mi rostro buscando su perfume, mientras el humo y el fuego avanzan. Es un señuelo, un gesto que desvía la mirada. Pienso en la rosa de Sandro, aquella que ocultaba el oxígeno detrás de su apariencia romántica. También esta rosa ofrece aire donde todo parece consumirse. La belleza también puede ser un dispositivo de supervivencia.
Pero la rosa también es un cuerpo en desarchivo. Se va consumiendo, el oxígeno se va acabando y la promesa de belleza comienza a desintegrarse
Me interesa habitar esa tensión entre vida- muerte, archivo-desarchivo, oxígeno- asfixia. Y cómo todos conviven en un equilibrio inestable.
Paula Tomaz (Santiago de Chile, Chile)
CUERPOS INSURGENTES
La pintura fue el impulso inicial, pero el espacio interrumpió esa posibilidad. La práctica encontró otro ritmo. Antes de iniciar mi proceso experimental activé los mecanismos del habitar: escuchar, recorrer, sostener, caer y volver a intentar. Restos de madera laminada y cinta de enmascarar dejaron de ser materiales disponibles para convertirse en interlocutores de una investigación donde la imagen emerge desde la experiencia física del lugar y no desde su representación.
Dos intervenciones site-specific se desarrollaron simultáneamente como un único cuerpo en expansión. El movimiento dejó de ser un recurso para transformarse en una práctica de percepción. Cada desplazamiento reorganizó la relación entre peso, gravedad, equilibrio y arquitectura; cada pausa abrió una decisión compositiva imposible de anticipar. La obra no fue ejecutada: fue descubriéndose mientras el cuerpo aprendía a leer las condiciones cambiantes del espacio.
Una estructura buscó la vertical como si intentara prolongar el muro más allá de sí mismo. La otra avanzó horizontalmente, atraída por las líneas del paisaje que atravesaban la sala y expandían la arquitectura hacia el exterior. Entre ambas no existe jerarquía ni oposición, sino una respiración compartida. Cada una altera a la otra, desplazando continuamente la percepción del lugar y revelando que el espacio no es un contenedor, sino una materia activa que responde, resiste y transforma.
La gravedad, la temperatura, el paso de los días, la fatiga del cuerpo y la inestabilidad de los materiales dejaron de ser condiciones externas para incorporarse como agentes de la obra. Cada desprendimiento, cada colapso parcial y cada reconstrucción modificaron el sistema completo, haciendo visible que la forma nunca permanece fija: se reorganiza con cada acontecimiento, robustas y vulnerables , suspendidas en un permanente casi.
Cuerpos Insurgentes propone comprender la imagen como un organismo vivo antes que como un objeto estable. Materia, cuerpo y arquitectura conforman un sistema abierto donde cada elemento modifica al otro. La fragilidad deja de entenderse como una falla para convertirse en una potencia activa: aquello que obliga a permanecer atento, disponible y en constante transformación. La imagen no representa el movimiento; sucede a través de él. Surge de un cuerpo que observa, se desplaza, sostiene, cede y vuelve a comenzar. Es en esa negociación continua entre gravedad, gesto y espacio donde la obra encuentra su forma, no como un resultado definitivo, sino como una presencia que permanece siempre en proceso.



Sebastian Alejandro (Santiago de Chile, Chile)
Una descarga eléctrica, bajo un campo de cintas azules, fue una experiencia necesaria para aprender que el cuerpo de obra tiende simplificarse en su madurez, la síntesis evita la explicación excesiva y fomenta el misterio.
1. Papel, lápices, óleo, fuego, acero, bronce, cobre, abrasión, corazón.
2. El trabajar como escultor hace que el proceso de obra nazca desde dibujos, se profundice en planimetrías y estudios de formas que decantan finalmente en materialidad; Pero parte importante de habitar la residencia fue domesticar al escultor y así encontrar nuevos lenguajes.
3. La nueva espada de Miguel.
Óleo sobre tela 70×100
Óleo sobre bronce 30×40
Óleo y grabado sobre cobre 30 x 50
Escultura de acero pintada en óleo 70x70x100
“Un hallazgo importante es que la luz de los ángeles es blanca como la estrella de la mañana, y que los ángeles caídos tienen una luz amarilla como el atardecer”



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Sebastian Cartes Lara (Zapallar, Chile)
Mi producción artística aborda los vínculos entre lo humano y el entorno natural, desde una mirada naturalista en la identificación de especies a través de la ilustración científica, como también desde una perspectiva antropológica al analizar la relación que han tenido los diferentes grupos humanos con la fauna y la naturaleza en el transcurso de la historia, con sus respectivos conflictos y tensiones
Mi principal búsqueda en este laboratorio fue la exploración de la figuración con la abstracción parcial a través de diversos materiales. En primer lugar trabajé con el carboncillo dado que me interesan las propiedades pictóricas y gráficas que posee este elemento, además de su capacidad para generar atmósferas profundas. En cuanto a las imágenes, utilicé archivos de fotografías del siglo XX sobre animales descontextualizados de su entorno natural e insertos en lógicas humanas. Observando estas imágenes de grandes bestias del pasado pensé en cómo seres tan increíbles pudieron ser reducidos por el ser humano y una reflexión que emerge de esta serie de dibujos, sobre la construcción de imágenes, fue el cómo remiten a una producción visual realizada por inteligencia artificial, pero que en verdad se basan en archivos históricos, lo que otorga otra perspectiva a este trabajo.
Con el transcurso de la residencia, tuve la idea de trabajar esta búsqueda del lenguaje, desde materiales que no tenía considerados previamente. Matrices de grabado de offset, rodillos, tintas, sprays, ácidos, pintura y collage. Este momento de experimentación significó un constante proceso de resolver la imágen, resolver la composición y resolver la relación entre lo que se mezcla, lo que resalta y lo que se pierde.



Andres Bustamante (Santiago de Chile, Chile)
Al llegar a la residencia Una Descarga Eléctrica, tenía claro que el propósito inicial era desfigurar el contorno. Esto se refiere en pocas palabras, a romper el margen rectilíneo y paralelo del tradicional cuadro. Comencé entonces a trabajar pequeños formatos en donde intentaba llevar a cabo el comentado objetivo inicial. Una conversación con Mercedes López Moreyra en la cual discutimos sobre justamente abrir la posibilidad que este conjunto de seis a siete obras pueda desplegarse no como obras individuales sino presentarlas como un conjunto, me llevó a generar una suerte de presentación sobre telas de gran formato.
Toda la obra está trabajada en telas. La unidad total está exclusivamente hecha en telas hilvanadas creando un hilo conductor, literalmente, entre las obras que en un comienzo fueron hechas como piezas autónomas e independientes.
El proceso de creación fue de improvisación que requirió de debate y cuestionamiento a través de los días. Dicho proceso dio paso a muchas instancias de hacer y deshacer como si se tratara en definitiva de una pintura. Se abrió la posibilidad de trabajar la tela como si se tratara de capas sucesivas en donde quede palpado el proceso desde su etapa inicial hasta el final. Esto denota un compromiso de verificar la acumulación de capas hasta resolver el estado final.
El material consistieron en telas que regularmente utilice en cuadros anteriores. Vale decir, no introduje ningún elemento ajeno a la técnica que ya conocía. Muchas veces eran simples retazos pequeños, pasando por medianos hasta planos amplios de color plano dado por dicho material. El hilván resulta ser un ente fundamental porque entrega la sensación visual y palpable de un acto resolutivo. Una suerte de ‘acá defino’ el final del proceso. Es el ‘apretón’ que remarca la intención de demostrar la obra definitiva. La conclusión y amarre de lo que se considera como terminado, aunque este de la impresión contraria, este gesto da unidad y propone conceptualmente una decisión por parte del artista. Generalmente el hilván se trabajo con hilo negro que da una trama grafica. Hay márgenes negros hechos con tiras de tela negra además del hilo de ese color. Esto es un elemento transversal de mi obra anterior.
La experiencia en la residencia generó en mí una suerte de revisión de las experiencias anteriores introduciendo el objetivo de descomponer márgenes y bordes. La unión entre estos dos elementos, lo conocido y lo que no lo es, resultaron muy enriquecedores ya que al final el trabajo presentado planteo un encuentro entre lo ya adquirido con un gesto nuevo para mí.



Claudia Román (Santiago de Chile, Chile)
Vengo de una práctica artística construida desde la escultura en gres, marcada por la experimentación material y la búsqueda de una relación física con la emoción. Mi formación no ha sido únicamente académica, sino también de taller, de oficio y de autogestión. Durante más de veinticinco años he trabajado con el cuerpo, la materia y los procesos de transformación, transitando desde lo figurativo hacia lenguajes cada vez más abstractos y sensoriales. También vengo de una experiencia colectiva: la creación de espacios de encuentro para artistas y ceramistas, donde el arte se entiende como un territorio compartido y no únicamente individual.
Cuando conocí la residencia Una descarga eléctrica, su nombre me produjo una resonancia inmediata. Sentí que era precisamente lo que necesitaba. Me encontraba en una etapa cómoda de mi carrera, segura de mis métodos y de mis procesos, pero también consciente de cierta monotonía. Siempre me ha interesado que el arte provoque, incomode y sorprenda, y comprendí que para seguir buscando eso en los demás, primero debía experimentarlo en mí misma.
El primer encuentro fue inquietante. Por primera vez en mucho tiempo sentí que debía abandonar una forma de trabajo que tenía completamente resuelta para aventurarme hacia algo desconocido. La arcilla ha sido mi compañera durante años. La elegí por sus infinitas posibilidades, aunque nuestra relación no siempre ha sido sencilla. Es un material que exige negociación constante con el fuego, el aire y el agua; un material que resiste, se transforma y muchas veces impone sus propias reglas. Aun así, sigo eligiéndola.
Durante la residencia descubrí que el verdadero material de trabajo no era solamente la arcilla, sino también la escucha. Las conversaciones con artistas de distintas disciplinas, sus preguntas, inquietudes y formas de habitar la creación produjeron en mí una verdadera descarga eléctrica. Algo comenzó a moverse. La rigidez con la que había sostenido ciertos procesos se volvió más flexible y aparecieron nuevas posibilidades.
Mi investigación tomó entonces la forma de un organismo en construcción: elementos autónomos que, al conectarse, generan estructuras más complejas. A través de la repetición, el ensamblaje y el crecimiento progresivo de la forma, busqué revelar fuerzas invisibles presentes tanto en la materia como en la experiencia humana: tensiones, equilibrios, flujos de energía y transformaciones constantes. El error, la deformación y la incertidumbre dejaron de ser obstáculos para convertirse en parte activa de la obra. Comprendí que el proceso mismo podía ser una obra y que muchos de los límites que encontraba estaban impuestos por mí.



Daniella Castro (Santiago de Chile, Chile)
Mi práctica artística se desarrolla habitualmente en el ámbito de la joyería contemporánea, trabajando principalmente con metal. Durante esta residencia, sin embargo, no conté con los materiales ni las herramientas que forman parte de mi taller habitual. Ante esa ausencia, recurrí al papel, un material disponible, ligero y accesible.
La cadena que construí surgió de esta condición de desplazamiento y adaptación. Si bien remite formalmente a un elemento propio de la joyería, su escala, fragilidad y materialidad hablan de una experiencia distinta: la de habitar temporalmente un lugar ajeno, trabajar con lo que se tiene a mano y transformar una limitación material en una posibilidad de exploración.
Para la construcción de los eslabones tomé como referencia detalles ornamentales de la Casona Santa Rosa de Apoquindo, particularmente las molduras y los elementos de forja presentes en su arquitectura. Estos motivos fueron observados, reinterpretados y trasladados al papel, estableciendo un vínculo entre la obra y el lugar que la acoge. De este modo, la cadena funciona también como un registro de la experiencia de habitar y recorrer este espacio patrimonial, incorporando fragmentos de su lenguaje visual.
El papel no fue una elección inicial, sino una respuesta a las circunstancias de la residencia. Sin embargo, a medida que avanzó el proceso, se convirtió en un vehículo para reflexionar sobre los vínculos, las expectativas y las tensiones que atraviesan esta experiencia. La obra se sitúa así en un territorio intermedio entre la joyería, la instalación y la observación del entorno, dando forma a una narrativa que surge directamente de las condiciones materiales y simbólicas de este lugar.



Valentina Díaz Ortiz (Santiago de Chile, Chile)
Durante la residencia me quise enfocar en el último estudio que he estado desarrollando sobre monumentos que se ubican en el centro de Santiago donde habitualmente me muevo.
Mi interés se encuentra principalmente en la representación de objetos históricos que en su mayoría se encuentran dentro de museos por ejemplo jarrones de la dinastía Ming, de la antigua Grecia, amuletos Egipcios, etc. Pero en esta ocasión quería salirme del museo y encontrar piezas de artes que estuvieran inmersas en el paisaje urbano como es el caso de esculturas que son parte de algún monumento, fuentes de agua, etc.
El punto de partida fue el monumento dedicado a Ruben Dario, se trata de una fuente de agua ubicada en el Parque Forestal entre los puentes Loreto y Purísima en la cual la figura de Narciso de la mitología griega se levanta en su centro, con una altura de más de 2,5 metros y con ambos ojos manchados de pintura roja.
Su solitaria figura y aspecto desgastado por el tiempo provocaron en mí una cierta fragilidad, los cambios en su tonalidad por la humedad, el rayado de grafitis, y el abandono por parte de los municipios en su deber de mantención y cuidado, llamó mi atención en un nivel personal. Hablo de algo emocional, un reflejo entre mi estado anímico de ese momento y la pintura roja en sus ojos que representaba las heridas de bala que dejaron a decenas de ciudadanos con pérdida total de la visión durante el estallido social en el año 2019, hoy en el 2026 la pintura en sus ojos sigue intacta. Había algo dentro mío que también estaba herido, una herida emocional que me llevó a observar a este individuo solitario bajo nuevas lecturas, lecturas personales y también políticas.
Con esta idea en mente empecé a desarrollar pinturas sobre tela y dibujos sobre papel. El punto que quería dar a entender como lo más importante era el rayado o grafiti sobre la escultura de bronce. Una expresión contemporánea sobre otra más tradicional. El monumento como un lienzo en blanco para el descontento social.
Con la intención de darle más coherencia y autenticidad a las obras empezamos a desarrollar conversaciones en torno al soporte en el cual estaba trabajando, y orgánicamente fui gravitando hacia el uso de papeles viejos que voy guardando, páginas o portadas de libros que denotan el paso del tiempo también, por el desgaste de sus bordes y manchas, muchos de ellos con sus respectivas gráficas y escritos de un uso anterior, elementos que fueron otorgando capas de información y que establecen una analogía con las esculturas también dañadas y desgastadas por el mismo transcurrir del tiempo y la intervención humana.



Gato Rodriguez (Santiago de Chile, Chile)
Como un estudiante a meses de mi egreso universitario, se me abrió una oportunidad única para robustecer mi proceso de obra, surgió la posibilidad de trabajar junto a Viceversa y Mercedes como asistente de producción en la residencia “Una descarga eléctrica”, a la vez de recibir una beca como el treceavo artista residente.
Mi práctica creativa siempre opera como un ritual de transformación entre los límites de lo personal y lo político, por ello enfrentarme a un paisaje elevado, pulido e inaccesible para mí, un estudiante de Independencia con su territorio arraigado hasta el hueso, sirvió como el gatillante inicial de mi proceso artístico.
A partir de la observación activa del territorio que habitamos como residencia, identifiqué una correlación objetiva entre poder adquisitivo y altura geográfica, comprobada mediante un estudio minucioso los primeros días de producción. La evidencia de este vínculo se reflejó en un dispositivo tan cotidiano que llega a ser sutil, la ventana que revela el paisaje de la desigualdad. En las Condes, una vista depurada, en Cerro Navia, el punto geográfico más bajo de la capital, urbanismo popular, hechizo y marginalidad.



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