
Bitacora de residencia ~ Javier Gonzalez Pesce
Paijáàäâãåąæāªn (paijaaaaaaaan), Trujillo, Perú

“La unicidad, los bordes, las fronteras, es lo que menos tienen los seres vivos, dicho tanto de las partes como de las totalidades” Bruno Latour
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Los días eran muy estimulantes. Traté de estar afuera lo más posible, caminar, comer, observar, conversar. Debo agradecer profundamente a Gerardo Chávez-Maza y Alberto Mendoza, quienes llevan Paijan y organizaron muchos paseos y actividades que me introdujeron a la ciudad. Cuando entraba al taller trabajaba muchísimo, hasta tarde. No tuve demasiado tiempo para producir, por lo que trabajé pensando poco, teniendo eso sí algunas ideas centrales en mente, pensamiento activo.

La verdad no tenía claro que es lo que estaba buscando, sin embargo reconocía en la ciudad de Trujillo un territorio en el que se superponen una serie de creencias, distintas cosmovisiones que comprenden el mundo y todo lo que lo compone -el paisaje, la biología, la espiritualidad, las creencias, la política, solo por nombrar algunas. Cada cosmovisión sitúa una realidad ideológica en el territorio, como ambientes que se superponen, en los que cada elemento es un rastro, como un signo para la emergencia de una capacidad interpretativa que, en nuestra visión, se manifiesta culturizada. El mundo material es una realidad que interpretamos, lo que vemos no está vaciado de creencias. Quería rastrear estas distintas realidades culturales superpuestas. Intenté ser una especie de arqueólogo que trabajó en las capas traslapadas de las ideas que ocupan el espacio de la ciudad. Pronto decidí centrarme en el “cuerpo” y las maneras en las que distintas formas culturales lo interpretan y perciben. Entonces la ciudad misma se me hizo una especie de cuerpo y yo me percibí como un cirujano ignorante, pero con el deseo de operar. Quise ser una mezcla de psicólogo y arqueólogo. Me moví ahí adentro, en esa corporalidad que es la ciudad, intentando rastrear elementos que me permitiesen generar un diagnóstico con la forma de una exhibición.

Vengo hace un tiempo sintiendo que las formas propias de las culturas precolombinas son formas de arte muy valiosas, que hemos descontinuado de la linealidad de la producción de contenidos sensibles realizadas por humanos. Los vestigios de las culturas precolombinas son hoy elementos tratados como objetos pertenecientes a realidades culturales extintas, desconectadas del presente, asuntos que solo pueden habitar museos históricos. En Europa no tienen esta escisión, la línea de tiempo construida por los objetos artísticos que pertenecen a sus culturas, se encuentran enlazadas a su presente, su continuidad nunca fue detenida. Es por esto que me parece importante que los lenguajes contemporáneos vuelvan a conectar con las formas expresivas precolombinas, el lenguaje simbólico y formalista de las personas que ocuparon el territorio americano antes de la colonización. Sus objetos son de alguna manera un mensaje, como la botella con una carta lanzada al mar, que espera por ser detectada e interpretada. Estos elementos vitales nos pueden ayudar a reparar la distancia (como una herida) que sostenemos con culturas extintas Americanas, sus objetos son señas que resistieron al tiempo, formas materiales de su presencia, un testimonio cultural, pero también el acervo de un lenguaje simbólico. Hace un buen tiempo venía dibujando artesanía Moche. No me interesaba alterar su producción (deformarla artísticamente), más bien quiero usarla como un modelo, a modo de tributo, pero también para convertirme en un vehículo instrumental para la relocalización de estos imaginarios en nuestros espacios culturales.

De esta manera me siento un colaborador trans-cultural. Un agente que puede traer una imagen producida por un artista del pasado, a los espacios de difusión de arte del presente. No me interesa tanto una alteración del objeto original, mi intensión no ha sido comentar o repensar, sino transportar al presente, enlazar esas formas de arte con sensibilidades actuales. En esta instancia trabajé de manera diferente, yo como productor estaba más confundido, en un estado más volcado a la experimentación. Sin embargo hay una pieza que realizamos en colaboración con el Museo Arqueológico Universitario, que me permitió tocar una escultura tallada en piedra que representa a un ser extraño, una especie de cabeza, con un cuerpo breve, como una babosa con orejas. Con ayuda de Gerardo y Alberto la cubrimos de sucesivas capas de papel metálico de cocina. Esto nos permitió hacer una copia frágil de una piedra testimonial centenaria. La presencia de esa escultura duplicada desde el Museo (otro tiempo) me resulta muy valiosa. De alguna manera intenté recoger ideas en torno al cuerpo, intentando interpretar, dialogar y negociar con algunas ideas precolombinas situadas en Trujillo y traerlas a mi proceso de pensamiento, investigación y creación.

Todos los días tomaba un jugo de remolacha con manzana. De a poco comencé a conversar con las señoras que en el mercado los preparaban. Nos encariñamos. Usaban una máquina muy simple para pelar las naranjas, las que retiraban su cáscara por medio de una especie de cuchillo que la convertía en una gran línea, como pelo, una cuerda de piel de Naranja. Las amontonaban en unas especies de cabelleras, volúmenes frondosos de hebras hechas de cáscara de naranja, muy corporal. Por medio de este proceso dividen la naranja en pulpa (que ingresa en cuerpos humanos) y fibra (la cáscara hecha melena). Me regalaban este volumen cítrico, me lo guardaban todos los días. Lo comencé a instalar en un colgador de ropa, como configurando una cabellera gigante, que luego se convirtió como en una especie de presencia, un cuerpo levitante con olor a naranja que me acompañaba a diario en el espacio que usaba como taller. En la medida que sumaba material, el fantasma se hacía robusto, como un músculo en desarrollo. La presencia parecía cada vez más tener las proporciones del cuerpo. Esta pieza entró a la exposición, un volumen cuya presencia parece la de una persona, hecha con la parte de una fruta que desechamos.

En una librería del centro me encontré una extensa colección de láminas pedagógicas ilustradas sobre diversos y variados temas. Muchas de estas láminas estaban dedicadas al cuerpo y a la biología en general. La impresión en serie me pareció una especie de símil de la reproducción de cuerpos (biología reproductiva), había algo físico y -al mismo tiempo- técnico y gráfico. Me propuse corporeizar esa información, jugar con las imágenes. Dotar a lo plano de una suerte robustez, intentando darle corporalidad. Hacer de lo plano algo tridimensional.
La imagen de seres mutantes es muy importante para la cultura Moche, seres un poco humanos, un poco animales. Cuerpos sobre -o hiper- naturales en los que convergen distintas biologías, híbridos físicos de anatomías revueltas. Los atributos de varias especies figuran seres extensamente representados en sus murales o piezas de cerámica. La serpiente aparecía con mucha frecuencia. La imagen impresa de estas caricaturas de niños me permitió repetir sus cuerpos, como estirándolos, multiplicados como un virus. “Serpiente” llamé a este primer collage volumétrico que es como una imagen tartamuda, que vuelve a aparecer, repetida y prolongada. Y así jugué a entrecruzar lo gráfico, como tratando de producir volúmenes a partir de la repetición y el recorte de imágenes.
Trujillo está lleno de información y estímulos. Es una ciudad colorida, ruidosa. Hay mercados (de todo tipo), olores, ruinas, una ciudad colonial a la que se le superponen imaginarios diversos. Actividades comerciales, festejos, todo en estado de convivencia y contigüidad.
Hay un motivo de la cerámica Mochica denominado (por los arqueólogos) como “Mundo Horroroso”, que consiste en una especie de cuerpo híbrido. Son como unos tubérculos amorfos, en cuya superficie podemos reconocer partes animales, biologías diversas. Piernas, ojos, dientes se encuentran distribuidos en la superficie de estos cuerpos de apariencia subterránea, complejizándolos, incluso hacia lo deforme. Los arqueólogos bautizaron este género representativo, imagino que, reconociendo en este una suerte de angustia, un caos insurrecto, pero muchas ciudades sudamericanas son un poco así; unas estructuras vivas y extensas, en las que se superponen formas y anatomías diversas. Un poco como esta imagen que ya señalaba de Trujillo, una suerte de ciudad por capas, todas palpitantes, todas simbólicas, todas mezcladas.

La Plaza fue un lugar muy interesante de ocupar, un lugar muy popular, siempre lleno de gente, un especie de “mundo horroroso” (hermoso) en la realidad, un lugar múltiple. Está rodeada de iglesias, edificios administrativos, en el centro una enorme escultura donada por Rusia que despliega cuerpos atléticos en clave modernista. En este entorno vi acciones de arte, bandas musicales, comparsas, gente disfrazada de personajes de Disney y muchas situaciones inusuales.
Pero sin dudas los lugares más influyentes fueron el Mercado y las ruinas de Chan Chan. En el mercado vi situaciones corporales muy sorprendentes, animales abiertos, geometrías viscosas de órganos de colores, exhibidas sin pudor. El mercado es además un espacio de encuentro de los alimentos con el cuerpo, un espacio sanador, al que llegan las materias primas para luego ser ingeridas por los cuerpos de la ciudad. Todas las mañanas me tomaba un jugo de Betarraga con Manzana, mi pequeño ritual corporal, momento de salud para luego comenzara funcionar. En el mercado conocí gente y vi cosas muy estimulantes. Ya hablé de las vendedoras de jugo. Me interesaba ver también como los vendedores ordenaban sus productos usando criterios de forma, tamaño o color. Una importante influencia artística, el mercado despliega unas sensibilidades muy estimulantes.

La relación con los curadores fue muy rica, de verdad se preocuparon de que mi experiencia de la ciudad fuese de inmersión, me llevaron por barrios, mercados, museos, y muchos sitios arqueológicos. Conocí zonas costeras como Buenos Aires o Huanchaco. La huaca de la Luna, Chan Chan, el Brujo y la Huaca de la Dama de Cao. De verdad espacios muy fascinantes, que despliegan ciudades y templos a medio desenterrar con muchos vestigios culturales. Estando en Chan Chan tuve un momento muy importante y que influenció el proceso de trabajo. Desde la ruinosa ciudad se puede escuchar el mar constantemente pero no el sonido de Trujillo. De alguna manera hay una especie de puente sonoro que conecta la antigua ciudad con la costa. Esto me trajo nuevamente la imagen de la serpiente, una anatomía con dos extremos y sin otras ramificaciones (extremidades). Este vinculo entre naturaleza y cultura me influenció mucho, como una observación material que me permitió desarrollar algunas de las piezas que son parte de la exhibición.
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