
Bitácora de residencia ~ Mercedes López Moreyra ~ Núcleo
Residencia Núcleo, Atos Pampa, Córdoba (Argentina) ~ noviembre 2024
Residentes: Josefina Claver, Mercedes López Moreyra, Micaela Bossio, Radha Carrizo.
Fotos: Flavia Aveta y Visus Productora

“Star of Bethlehem” es una flor de Bach utilizada terapéuticamente para aliviar la tristeza, la angustia y/o las secuelas que deja un trauma. Aporta paz, “es el consuelo del alma y la mitigadora de los dolores”, afirmó Bach.
Comienzo esta breve bitácora con la imagen de esta estampilla. Estaba en un cuaderno viejo dentro del taller que fué nuestro refugio durante los tres días de la residencia Núcleo en Atos Pampa (Córdoba). Es la primera foto que saqué dentro del taller, me cautivó la sutileza de la imagen y el poder de las palabras que la acompañan. Nada es casual pensé.

La convocatoria a Núcleo es flexible. Nina y Fede, directores de la misma, señalan que es una residencia para creativos. Podía ir como curadora, como gestora, como escritora, como dibujante o la forma que quiera darle dentro del contexto de la creatividad.
Elegí transcurrir el tiempo de Núcleo dibujando, conectarme con esta práctica que me permite invadir la hoja como una enredadera, como una línea que está viva y va surcando a partir del ritmo de los días.
Núcleo funciona en tres días, tres días insospechados. Llegamos el viernes y regresamos a nuestros hogares el domingo por la tarde.
¿Qué puede suceder en tres días?

Entre tantas cosas,
suceden caminatas sobre el campo, donde recolecto flores y objetos que llaman mi atención. La primera caminata es en silencio, sin hablar ni comentar lo que estamos viendo. Me cuesta estar callada, tengo ganas de describir oralmente y no puedo. Al principio me rio, me tiento con discreción de mi incapacidad de no decirlo todo, después entra el encanto de la observación con el sonido ambiente.


Las flores silvestres enternecen la mirada. Hay algo referido a la felicidad al contemplarlas, esa belleza efímera y sorpresiva, esos puntos de colores en un campo verde. Las arranco, hago un ramo desprolijo, las sostengo con fuerza hasta el taller. Las tomo como un amuleto de creación, más tarde serán las musas de mis líneas en microfibra verde y bic roja.


La caminata nos lleva al taller de trabajo, perteneciente al artista Walter Anz. El espacio es amplio, luminoso, rodeado de la magia de Córdoba. Hay matrices de xilografías y linóleos, esculturas y ensayos de Walter que conviven con las producciones de cada residente invitadx.

Suceden conversaciones, puntos de encuentros entre seis desconocidxs. Mis dibujos son como orejas, que escuchan reflexiones, curiosidades, anhelos, heridas por reparar. Mediante la línea dibujo capullos rotos y rizomas que contienen cosas. Inconscientemente agrupo en garabatos relatos que intercambiamos, les doy un marco seguro. Al mismo tiempo todas las residentes estamos en una misma construcción de nidos y capullos, estableciendo constelaciones entre colores, cosas e ideas.


Una de las tareas que debíamos traer a la residencia era una ofrenda, un objeto elemento o lectura para compartir y dejarla para los próximos residentes. Decidí llevar un capítulo del libro Un cuarto propio de Virginia Woolf, donde me detengo en sus palabras a la hora de reflexionar sobre el estado mental para la creación:
“(…) Y esta susceptibilidad del artista es doblemente desafortunada, pensé, volviendo a mi encuesta original sobre el estado mental más propicio al trabajo creador, porque la mente del artista, para lograr realizar el esfuerzo prodigioso de liberar entera e intacta la obra que se halla en ella, debe ser incandescente, como la mente de Shakespeare, pensé, mirando el libro que estaba abierto en Antonio y Cleopatra. No debe haber obstáculos en ella, ningún cuerpo extraño inconsumido. Porque aunque digamos que no sabemos nada del estado mental de Shakespeare, al decir esto ya decimos algo del estado mental de Shakespeare. Si sabemos tan poco de Shakespeare —comparado con Donne, Ben Jonson o Milton— es porque nos esconde sus rencores, sus hostilidades, sus antipatías. No nos detiene ninguna «revelación» que nos recuerde al escritor. Todo deseo de protestar, predicar, pregonar un insulto, sentar una cuenta, hacer al mundo testigo de una dificultad o una queja, todo esto ha ardido en su mente y se ha consumido. Su poesía mana, pues, de él libremente, sin obstáculos. Si algún ser humano ha logrado dar expresión completa a su obra, ha sido Shakespeare. Si ha habido jamás alguna mente incandescente, que no conociera los obstáculos, pensé, mirando de nuevo los estantes, ha sido la mente de Shakespeare. “ Virginia Woolf.

Nina y Fede nos acompañan en el proceso de descubrir que nada es tan casual. Nos dan consignas que disparan palabras y preguntas que resuenan en el taller. La atmósfera se vuelve personal, íntima. Las desconocidas ahora somos compañeras de un proceso. Entendemos la raíz que nos moviliza a estar ahí.

Sucede que el tiempo se vuelve lento. Entramos en la suave vibración de las sierras cordobesas, en adaptar una mirada apacible sobre el entorno y sobre nosotras mismas.
Acompañamos a Radha, una de nuestras compañeras residentes, a trasladar un capullo grande que construyó con ramas y lienzos en pocas horas. Lo cargamos en una caminata llena de risas. Observamos el atardecer sosteniendo esta gran masa. Buscamos un lugar interesante para que Radha pueda hacer registro del mismo en la naturaleza.
Ella se inserta en el capullo, se siente segura. Durante la noche salen a hacer el registro fotográfico con Fede. Apenas llegan al lugar encuentran un ternero dentro del mismo, lo sacan sin que se rompa la obra. Las imágenes del registro nocturno son alucinantes.

En las últimas horas de la residencia vemos el capullo roto, abierto por la inclemencia del viento. Este suceso resulta significativo ante el cierre de la experiencia Núcleo.
Llegamos a la residencia con una cobertura de capullo, ansiosas por salir pero conscientes que este refugio se puede armar y desarmar cuantas veces haga falta.

