
Sobre “Desde un prado lejano” de Maria Enríquez
Espacio Cabeza, Guadalajara, México ~ 2026
Fotos: Agustin Arce, cortesía de Espacio Cabeza
Curaduría Diego González Gómez y Marco Valtierra
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pensamientos de Maria Enríquez sobre su exposición

El impulso detrás de la exposición era trabajar con la idea del presente. Pienso que la actualidad es muy caótica y pareciera que nunca tenemos tiempo para nada; siempre vamos tarde a todo. Me imagino el prado como ese espacio que, en las películas y en los cuentos, se presenta como un lugar seguro donde, por unos segundos, los personajes pueden escapar del conflicto y se permiten sentir el aquí y el ahora. Me interesa trabajar con esa idea: si tienes un espacio que se vuelve onírico y sabes que no será eterno, entonces te permites sentirlo. Porque, como sabes que no durará para siempre, eres consciente de que esa bruma se disolverá, la tierra húmeda se secará y las flores se marchitarán.
Pensaba en las flores como ese elemento que te permitiría comprobar que ese momento no fue un sueño febril. La flor congelada es eterna, pero al mismo tiempo frágil, y la porcelana es un material que permite jugar muy bien con esa polaridad. Incluso lo que parece eterno en cualquier momento se puede fragmentar, y eso me regresaba al punto de estar presente. Creo que todo consistía en tratar de volver a ese mismo punto.


Creo que hay muchas referencias personales —que van desde anécdotas de la infancia hasta películas y cuentos— que guiaron la idea de la exposición. Supongo que las más importantes son el libro de El jardín secreto (con su personaje Mary Lennox), la película Crepúsculo y mi propia infancia creciendo en Morelos.

Crecí en Cuernavaca; he estado rodeada de plantas, jardines y bosques toda mi vida. Creo que eso ha hecho que el mundo natural sea parte de mi infancia y, por lo tanto, percibo estos elementos como algo cálido y mágico. Me gusta pensar que las plantas aportan resiliencia y, al mismo tiempo, fragilidad a las piezas, y creo que estas características son muy afines a la porcelana.

Como artista, busqué que la pieza fuera una experiencia; una manifestación de lo que para mí significa el concepto de prado. Pensaba en el prado como ese espacio liminal que permite desconectar del caos del mundo y conectar con el presente. Me interesaba desarrollar esta idea para que no se limitara a una imagen visual, sino que se construyera a partir de todas las sensaciones.

Para mí, la instalación era la manera de lograr esto, por lo que pensé en cómo podíamos crear ese ambiente y qué elementos nos ayudaban a reforzar esas sensaciones. El plástico resultó el material para modificar el espacio y aislarlo, tanto física como visualmente, del mundo exterior; era una forma de generar ese paisaje más íntimo y difuminar la realidad. La tierra era un elemento que me interesaba por cómo funcionaba en contraposición a las flores y, al mismo tiempo, ayudaba a situar la idea del prado en la exposición. Por último, la bruma ayudaba a activar la tierra para que pudiera generar ese olor característico que encuentro muy ligado al prado, al mismo tiempo que le otorgaba esa aura mágica al espacio
