
re~visitando Trampolin de Piedra de Jessica Briceño por Isidora Kauak Aguad
Suspender el tiempo.
Revisitando Trampolín de piedra, de Jessica Briceño Cisneros
A fines del 2025, la artista Jessica Briceño Cisneros me invitó a escribir un texto para su última muestra en la Galería Isabel Croxatto, titulada Trampolín de piedra.
Luego de algunas conversaciones y de que ambas reconociéramos los diversos lenguajes que conformaban la mirada reflexiva de la otra, tomé la decisión de pausar el ritmo y sentarme a ver —apartando adicciones virtuales y silenciando el flujo ilimitado de estímulos modernos— un documental que tenía pendiente y que regresaba una y otra vez a mi mente para esta ocasión. Se trataba de Barzaj (2019), del director español Alejandro G. Salgado.
Grabado durante las noches de luna llena, las imágenes envolventes del mar y la cálida luz del fuego proyectada en las cuevas y escaleras de arenisca y cuarcita vuelven al espectador parte de la espera sin fin de dos adolescentes marroquíes que desean migrar a Europa desde Melilla, territorio español ubicado en África conocido por ser una de las principales rutas migratorias de la zona.
Todo en el documental opera como un espacio liminal en suspensión. Cada elemento parece señalar una transición: la adolescencia, la migración como desplazamiento deseado, el entorno rocoso como vestigio de un puerto o zona de paso y la gran escalera de piedra que los personajes suben y bajan constantemente (acción que refuerza la idea de desplazamiento persistente). Sin embargo, la transición nunca se concreta. El movimiento está detenido, la espera se eterniza, y la frontera se amplía cada vez más. Los cuerpos permanecen, y con ellos, la posibilidad se congela. Incluso el propio espectador queda suspendido en aquel “umbral”, como testigo inmóvil de una promesa que no se cumple pero que se aferra a juegos improvisados para pasar el rato y, especialmente, a la esperanza.
Fue precisamente en esa experiencia de espera dilatada, la cual también me condujo a detenerme a mí misma, donde comenzó a cimentarse mi lectura sobre Trampolín de piedra. Una exhibición de ascensos y descensos, articulada bajo coreografías juguetonas de movimientos contenidos.

Existen estructuras cuyo propósito radica en posibilitar el desplazamiento, conectando espacios situados en distintos planos. No obstante, aquí cabría preguntarse: ¿qué ocurre cuando estas formas pierden o, mejor dicho, suspenden su función original?
El trabajo de Jessica Briceño Cisneros establece un diálogo entre las diversas dimensiones que habitan en la verticalidad. Utilizando hormigón para crear escaleras bifurcadas y helicoidales de recorridos inconclusos, toboganes replegados sobre sí mismos y trampolines de salto que incitan a lanzarse hacia un vacío alegórico, la artista construyó réplicas pequeñas de estos dispositivos y los transformó en objetos que atrapan el tiempo en un presente suspendido. Y es que, al desprenderlos de su intención inicial, el tránsito queda incompleto, abriendo un espacio en donde el tiempo lineal se detiene.

Esta temporalidad mítica, como describe Anna Adell, propia de los espacios liminales que han fallado en su propósito de llevarnos hacia otro lugar, materializa un tiempo en el que pasado, presente y futuro se mezclan y se eternizan rizomáticamente. Una idea que, además de encontrar eco en el trabajo de Briceño Cisneros, también resuena en los lúcidos versos que componen Burnt Norton, poema de T.S. Eliot:
Tiempo presente y tiempo pasado están ambos quizás presentes en tiempo futuro, y tiempo futuro contenido en tiempo pasado.
Por otra parte, el hormigón, material emblemático del modernismo arquitectónico del siglo XX, cobró una relevancia particular en este contexto. Para la artista, volver a trabajar con aquel compuesto significó reencontrarse con un lenguaje cargado de promesas históricas, de migraciones y retornos atravesados por ideales y futuros utópicos que, en las piezas que conformaron la exhibición, se presentaban como ruinas cálidas y no frías, llenas de porosidades y grietas por las cuales se filtraba lentamente la más tibia e hipnótica de las nostalgias.
Habiendo transcurrido algunos meses desde que terminó la muestra y retomando escritos e ideas guardadas, vuelvo sobre ciertas reflexiones que insisten al observar nuevamente las obras de la artista. Pienso en lo que hoy significa el desplazamiento para nosotros, latinoamericanos, atiborrado de regulaciones ficticias y culpas. Recuerdo también a mis abuelos maternos y paternos, migrantes que escaparon de imperios que parecían infinitos en busca de una esperanza que pudiera ser fosilizada, para así perdurar por generaciones. A la vez, me resulta difícil no pensar en lo rápido que pasa el tiempo contemporáneo. Me pregunto cuánta incidencia tenemos en la aceleración de nuestro propio paso. ¿Hacia dónde queremos llegar con tanta prisa? ¿Nuestros caminos concluyen en algún punto o solo habitamos un intermedio? Una especie de interludio…
Tal vez la sensibilidad que atraviesa el trabajo de Briceño Cisneros invita precisamente a detenerse en una dimensión concreta y frágil. Alienta, de alguna manera u otra, a ser pasajero en estado de espera entre dos mundos, tal como la palabra árabe barzakh sugiere, y al mismo tiempo, a enfrentar una temporalidad distinta, quizás impulsada por la imaginación y por una memoria afectiva que se activa mediante el gesto gentil de recorrer táctilmente, con los dedos llenos de energía lúdica, aquellas estructuras pausadas que devienen en experiencia dinámica.
Escribir desde el presente sobre una muestra pasada implica desplazarse entre temporalidades y permitir que lo ocurrido continúe activándose en el ahora y proyectándose hacia lo que vendrá. Esa operación requiere una desaceleración, una fractura previa. Del mismo modo en que la artista me ofreció la posibilidad de reducir mi ritmo apresurado, pareciera ser que las obras también invitan a aceptar tal condición: a saltar hacia un vacío que no equivale a la “nada”, sino a una suspensión consciente que hoy parece —urgentemente— necesaria.
Isidora Kauak Aguad.






