
Bitácora de residencia ~ Constanza Ruibal

Nací en 1989 en Córdoba, Argentina.
Mi formación se centra en las artes, la pedagogía y el oficio textil con perspectiva socio-sustentable. Soy co-coordinadora del Programa de Extensión Territorio Colaborativo en la Universidad Provincial de Córdoba que reúne proyectos de artivismo como herramienta vincular e identitaria entre diferentes comunidades y luchas populares. También me desempeño como docente en instituciones públicas y en talleres barriales. Participé en residencias y exposiciones en Argentina, Perú, México, Brasil, Chile, Costa Rica y España.
Atravesada por la noción de aula expandida, desde 2016 junto al colectivo Territorio Colaborativo pulsamos iniciativas artísticas transgeneracionales en manifestaciones y espacios de encuentro heterogéneos. Formo parte del espacio autogestivo Hotel Inminente y de diferentes agrupaciones feministas a nivel local como Ni Una Menos. Mis prácticas se hilvanan a través de la deconstrucción como gesto crítico, motivando la imaginación política. Trabajo principalmente desde una mirada ritual con objetos testimoniales para interrogar la memoria personal y colectiva que contienen.
⁂
ZURCIR VOCES
HASTA VOLVERLAS FAMILIARES

Si los textiles que usamos hablaran
¿Qué contarían sobre las vidas,
los vínculos y los territorios que atravesamos?
———————————————– ⁂
Una pregunta que como amuleto porto en cada espacio que transito para que se active la potencia vincular que todo retazo de tela posee. Su magia radica en atravesar fronteras y ayudar a que las personas se conecten más allá de las diferencias identitarias, porque todxs guardamos experiencias significativas asociadas a nuestra segunda piel. Experiencias que de tan íntimas se transforman en comunitarias a partir del textil como lenguaje común. Una forma de comunicación flexible que achica distancias, ablanda tensiones y abriga recuerdos muchas veces difíciles de abordar. Portar un objeto es un ejercicio de memoria que puede conectar lo personal con lo colectivo. Ellos son testigos silenciosos de todo lo que acontece en el cuerpo y sus voces se presentan como vibraciones que escuchamos tocando.


———————————————– ⁂
Mis abuelas,
al igual que muchas mujeres, fueron dos grandes costureras que nunca dejaron de zurcir vínculos a partir de sus labores. El día que se conocieron descubrieron que provenían del mismo pueblo de Italia así que decidieron utilizar el dialecto nativo siempre que sea necesario para poder conversar en secreto. Eso que en principio parecía sólo una broma se convirtió en uno de sus tantos gestos de complicidad, amistad y resistencia desde las sombras. Gracias a ellas aprendí a manifestarme a través del oficio textil, jugando a tejer con los dedos o a coser con cualquier resto. Desde pequeña me sentaban en la máquina y como mis piernas no llegaban al pedal, ellas lo hacían girar. El caballo galopaba puntadas y yo intentaba acompañar con mis manos el retazo de tela que avanzaba rápido bajo la aguja. Ese hermoso vértigo es la sensación más primaria que recuerdo y me acompaña hasta hoy. Es magia también. Tengo presente sus miradas cómplices mientras movían las manos como si me estuvieran enseñando el más poderoso de los secretos. Era secreto por pequeño y por doméstico. La historia con mayúsculas no repara en esos gestos, pero ellos insistentes hicieron revoluciones. Ese es el lenguaje en código que me transmitieron, un dialecto gestual para comunicarnos más allá de las palabras.

———————————————– ⁂
Un lenguaje heredado que también se manipula y se transforma para que continúe activo. Una profanación amorosa. Porque la experiencia de una deconstrucción nunca ocurre sin amor, comienza por homenajear aquello con lo que se las agarra. No se trata de negar o aceptar la herencia, sino de reactivarla de otro modo y mantenerla con vida. Una reafirmación que al mismo tiempo continúa e interrumpe.
———————————————– ⁂
Con la confianza puesta en el textil como amuleto y la consciencia de su poder vincular, comencé a recorrer diferentes territorios para indagar cómo se expresa esa lengua madre en cada cultura. Confirmé que no importa la época ni el lugar en el que nos criaron, siempre la tela es nuestro primer refugio. Nacemos y nos envuelven en ella. Una casa maleable que nos acompaña a todas partes a lo largo de la vida. Podemos construirla y deconstruirla en donde sea que estemos. Un hogar que de tan próximo a veces resulta invisible, pero aún así persiste. Persiste y resiste, justamente gracias a su tenacidad como posibilidad infinita de adaptación.
———————————————– ⁂
Entonces la tela puede ser un amuleto, un lenguaje, un hogar y también un aula expandida que habilita el intercambio de saberes en cada rincón. Utilizando esa guía junto a mi amiga Soledad empezamos en 2016 a sembrar Territorio Colaborativo, un colectivo de activismo textil que busca generar espacios de encuentro expresivo entre comunidades y luchas socio-ambientales en diferentes localidades. Ese año también experimenté las primeras residencias artísticas, descubriendo que el desplazamiento es vital para mis prácticas y que el textil siempre sería brújula. Un refugio en cualquier lugar y una herramienta de comunicación imprescindible.
⁂———————————————– ❋






Así llegó la oportunidad de viajar a Costa Rica gracias a la residencia en arte y educación organizada por LA ESCUELA en alianza con TEOR/éTICA, que busca motivar procesos híbridos y participativos de formación en el espacio público. Mi propuesta estuvo dirigida a personas vinculadas a prácticas sociales a través del oficio. La motivación era confeccionar de manera colectiva una genealogía de experiencias asociadas a los textiles que portamos y heredamos, explorando formas de resignificar la memoria por medio de la deconstrucción como gesto crítico y poético. Una invitación a invocar, traducir, compartir y transformar narrativas comunitarias a través de las prendas y los complementos íntimos que nos rodean.
❋
Durante la primera jornada jugamos a ser arqueólogxs de objetos olvidados en las calles del histórico barrio Amón en San José para registrar huellas de su cultura material, afinando la percepción y la sensibilidad a partir de lo compartido en el taller.
En la segunda jornada pusimos en práctica diferentes formas de intervención para reutilizar prendas en desuso mientras conversamos sobre la transformación de la herencia material y diferentes procesos sustentables aplicados a nuestro entorno próximo. Movimos las manos y las palabras en simultáneo para dinamizar las reflexiones colectivas. El objetivo fue darle otra vida y sentido al textil como archivo vivo, reivindicando su potencial crítico frente a una realidad atravesada por el consumo.


En la tercera jornada cada unx generó su ensamblaje con fragmentos del recorrido utilizando como base un fieltro que también resulta de la unión entre múltiples textiles reciclados. Esto conformó la instalación en la fachada de Teor/ética como huella del mapeo colaborativo con narrativas objetuales. Una parte de esa intervención quedó en manos de transeúntes que eligieron llevarse algunos elementos (en buena hora que le den nuevo uso/sentido) y otra parte en manos de lxs participantes del taller para que sigan activando sus procesos.
Otro detalle que me sensibilizó mucho fue encontrar a personas que viven en las calles del barrio cubriéndose con el fieltro de la intervención. Que un textil pueda ser refugio no es sólo algo poético.


Nuestra cultura material contiene y conecta imaginarios profundamente arraigados a las diversas maneras de habitar el mundo, es por eso que difundir herramientas prácticas y simbólicas para reinventar objetos puede motivar la imaginación política hacia otros futuros posibles. Recuperar, desarmar, reparar y reinventar como actos de resistencia.
Como vestigio del taller hicimos una publicación/póster que se imprimió con risografía experimental en La Diabla gracias al apoyo de todo el equipo de Teor/ética Lado V.
El collage de voces lo hilvanó Maria Ulate Jones a partir del registro escritural de lo que las personas y los objetos contaron durante las jornadas compartidas.


~❋~
El cuido es la búsqueda de un bienestar expansivo
y la convicción de que estará en los puntos de encuentro.
Saludar. Pausamos para recibir a quien se une. “Buenas tardes”, al unísono, “aquí nos sobran sillas”. La complicidad del 1 a 1: “Te traje esta tela que podría servirte”. Alguien que recuerda. “¿Qué estabas diciendo hace un rato?”. Ayudarme a retomar el hilo. “¿Querés que la costura se note o preferís que sea invisible?”. Entender el valor en las opciones.
La memoria y la previsión se entrenan a partir de lo querido. No podré prolongarme: voy a zurcir algo que te haga compañía.
Un pie adentro y otro afuera.
La puntada que entra y la puntada que sale.
Como la palabra y la cedo después.
Al elegir qué prendas traer me frené: no quería ser la persona que lo vuelve denso, la que solo aporta cosas emotivas. No sabía a qué venía. Estaba asustada.
¿Hasta dónde [ ] puedo decir luego de sondear el espacio?
“O, más bien, ¿hasta dónde te lo permites?”
No, es un puedo. Mi silencio no es antojo, es precaución a partir de lo aprendido.
“Pero puedes desaprenderlo”
¿Y vas a cuidarme mientras lo hago
mientras desarmo tu ropa?
Te pregunto por los límites para adaptarme a tu lenguaje.
Por encima de mi impulso de rasgar estará siempre nuestro entendimiento.
Recuerdo cómo querías sentirte con esa prenda. Quién la usaba antes, hace cuánto la guardabas, cuándo dejaste de bordarle expectativas.
Cuando creo verte en la calle (deseo encontrarte en todo momento) puedo distinguir si no sos vos porque esa no es tu ropa. Me enorgullece ser capaz de anticipar tus palabras prendas.
Una de tantas veces pensé que no eras vos y sí eras. Atesoro que haya prendas palabras tuyas que me queda por conocer.
A las 3:50 p.m. del jueves 4 de septiembre del 2025, en la calle 7, avenida 11, en Barrio Amón, el clima templado —ninguna de las 18 personas en la casa usaba el abrigo que luego sería necesario durante la tormenta el día de montaje—, teníamos de frente los textiles, las bitácoras y el café. Alguien resumió: desarmar es rehusarse a dar por sentado.
Y si pudiera recolectar hasta los segundos en que has dicho cada cosa o utilizar tus prendas a manera de coordenadas, lo haría, para que supieras lo visibles que son tus detalles y lo mucho que me ha cambiado tu voz.
~❋~
En paralelo al taller
tuve otras experiencias en Costa Rica
que me marcaron particularmente ——————————————— ꙮ
La primera semana en Teor/ética organizaron un encuentro que juntó a una red de personas hermosas vinculadas a las prácticas artísticas y activistas. Algunas de ellas me recomendaron ir al desfile anual por el día de la cultura afro, aprovechando que justo ese fin de semana me escapaba al caribe. Tomé varios bondis y llegué a Limon. En las calles había una marea de gente bailando así que me metí de intrusa como si fuese un oleaje mas. Todo era puro estímulo. Las telas, los colores, las estampas, los movimientos, las carrozas, los autos desarmados devenidos también carroza. Cuando volví a la terminal me bajó todo el calor contenido y en el mareo vi a un cowboy costarricense noqueado sobre la silla. Así me sentía yo tambien, con la resaca de una de las experiencias más divertidas y transpiradas del viaje.
———————————————– ꙮ
Durante los traslados de una localidad a la otra me di cuenta que no puedo evitar conversar con señoras y registrar gestos manuales, como si buscara constantemente algo de mis abuelas y nuestro lenguaje común en todos lados. Esta es la breve historia de una mano que venía detrás mío en el bondi volviendo del desfile en el caribe. Se pasó el viaje tocando un piano imaginario, jugando con la correa, con el viento, y con la fruta más rica que heredé cuando se quedó dormida.
———————————————- ꙮ
Atravesando Costa Rica de costa a costa
tuve la suerte de nadar en el pacífico y ver también de cerquita las manos de nuestros antecesores que si te descuidas te abren la mochila en busca de comida o un celular para chantajearte, así de bien nos conocen.
——————————————– ꙮ
Una mañana lluviosa me tomé otro bondi para visitar a la artista/educadora/activadora feminista Mariela Richmond en Turrialba gracias a una amiga en común que motivó ese encuentro. Allí están desarrollando Mojojoy, una escuelita de la tierra en donde se producen alimentos orgánicos y bioinsumos agrícolas como forma de resistencia situada. Caminamos el terreno, comimos y conversamos sin parar. Nuevamente los gestos manuales y la imaginación política como lenguaje común.
———————————————– ꙮ
El traslado continuo durante esas semanas me llevó a conocer el volcán Irazú, un ser imponente que me hacía temblar el pulso cada vez que intentaba registrarlo. Era luna nueva así que aproveché para intencionar la fuerza interna de una erupción que sacude la tierra y la de un niño en el bondi que de repente se puso a aplaudir, como si nada, solo porque si. Una fuerza espontánea y misteriosa que no se puede contener.
———————————————- ꙮ
Y como el hilo torsionado en una rueca, la primera experiencia se conectó con la última. Apenas llegué, Paula de Teor/ética me llevó a la localidad de Heredia para dar una charla en la Universidad Nacional de Costa Rica. Ahí conocí a Paulina Ortiz, docente del énfasis en textiles, que finalizando mi viaje me acompañó a conocer al último tejedor de cabuya en Cartago.
Don Martina tiene 87 años. Cultiva, cosecha, hila, teje, habla y ama la planta. Se las ingenió para crear sus propias herramientas porque las tradicionales no le sirven para esa mata rebelde y picosa. Me dijo que no me rascara, que ya tenía el ácido en las manos y que si me seguía pasando los dedos por el cuello solo esparcía más el picor. También dijo que me enseñaría todo el proceso pero que lo grabara o algo, algo que pudiera mostrar. Me sorprendió el pedido porque justo esa mañana fui pensando en la contradicción que cada tanto me genera mi tendencia a grabar señoras. Este señor con nombre de señora me vino a barrer la preocupación. No solo se sentía honrado de que me interese su oficio y lo que tenía para decir sino que pedía por favor que lo comparta con otras personas porque él se va y no se lleva nada. Trabaja la cabuya de día y la sueña de noche. Porque desde que empezó con esto a los once años vive enamorado de la planta y se siente un mago con ella, ni los lentes necesita, pero tiene miedo que ese amor desaparezca con él porque ya ningún otro niño ni niña quiere seguir con la magia. Su nuera si lo acompaña y juntos tienen el emprendimiento “La cabuya cuenta” pero con dos no alcanza. Espera que aún le quede hilo en el carretel, él se siente muy vivo y dice que eso también es gracias a la matita pero Dios sabrá hasta cuando. Reciben muchos pedidos y no tienen cómo responder a esa demanda. Pero lo que le preocupa no son las ventas sino que la cabuya deje de contar.
“Antesmente” estaba por todos lados pero el plástico la mató y le gustaría que la gente vuelva a aprender ese trabajo, no por él sino por la mata. De a golpecitos firmes siguen insistiendo.
~ꙮ~


