Tezcatlocan

Claudia Peña Salinas, México.

 

 

Galería CURRO, Zapopan, Jalisco, México, – 2018
Fotos cortesía de la galería.

 

En los últimos años, la artista ha desarrollado un significativo cuerpo de trabajo que sintetiza el pensamiento indígena a la par de estructuras modernas y minimalistas. Su práctica, que incluye escultura, instalación, pintura, video, publicaciones y fotografía, resalta el uso de fibras naturales, al tiempo que se relaciona con los símbolos, colores y materiales utilizados por pueblos precolombinos.
Mediante procesos de investigación, viaje, deriva y recolección, Claudia construye una narrativa personal que toca en lo político y estético, y la reconecta con su país natal.

 

Desde 2013, Claudia comenzó a trabajar con temas relacionados a las deidades aztecas del agua Tláloc y Chalchiuhtlicue, desembocando en exhibiciones individuales y colectivas en Puerto Rico, Michigan, y más recientemente, en el Whitney Museum de Nueva York.
Su investigación toma como punto de partida el monolito ubicado en la entrada del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, conocida popularmente como el “Tláloc”, dios de la lluvia. La artista explora el origen y significado de este culto, así como la extracción del monolito hecha por el gobierno para decorar el Museo. Del asunto, Claudia se enfoca principalmente en el debate de la interpretación del monolito y su posible identificación iconográfica con la deidad femenina del agua y la fertilidad, Chalchiuhtlicue.

 

Tezcatlocan continúa su investigación y la expande al vincular el elemento simbólico del espejo (tezcatl en náhuatl) con el paraíso terrenal del Tlalocan, regido por la dualidad Tláloc, dios de la lluvia y el relámpago; y Chalchiuhtlicue, diosa de las aguas horizontales y la fertilidad. Entre los habitantes del Tlalocan, el dominio de los muertos por agua, se hallaban los tlaloques: cuatro pequeños dioses encargados de repartir la lluvia contenida en vasijas. Los tlaloques se asociaban también con los cuatro rumbos, direcciones que estructuran la visión de los pueblos mesoamericanos sobre el universo, junto con las nociones de verticalidad y horizontalidad, relacionadas con el mundo, inframundo y supramundo.

 

Peña Salinas remite a estas dos concepciones de espacialidad en Mesoamérica para sus esculturas. Utiliza cubos de latón de volumen vacío, unidos por un patrón de hilo de algodón teñido a mano, generando a su vez un gradiente en tonos carmín. La estructura colgante semeja una escalera, mientras que las esculturas a piso se alinean con los cuatro puntos cardinales, correspondientes a cada tlaloque. Al centro de cada cubo se encuentra un diseño textil de franjas concéntricas azul-verde, que recuerda al ojo de dios, geometría sagrada utilizada principalmente por el pueblo wixárika para simbolizar, además de los cuatro rumbos, los elementos del mundo natural: tierra, agua, viento y fuego.


Tanto el ojo como el espejo poseen una tradición simbólica entre los antiguos habitantes de México. Fabricados a partir de pirita u obsidiana, los espejos prehispánicos fueron una fuente de conocimiento oculto, oráculos y presagios. El nombre de Tezcatlipoca, uno de los cuatro dioses aztecas principales, se traduce como espejo humeante, asociado directamente con esta roca volcánica. El efecto espejo se observa tanto en la superficie del agua, en la capacidad reflejante de esta roca volcánica, así como en la serie de pinturas —transferencias sobre panel de cera— desplegadas en la galería, de tonos jade y azul. Las imágenes utilizadas para éstas (un jaguar, un cristal de hematita, Tlatelolco, el penacho de Moctezuma, la fachada del hotel Hilton en Acapulco, etc.) provienen de la colección de postales que la artista ha formado durante años. Peña Salinas genera una nueva reproducción de estas imágenes, no a través de la reimpresión masiva, sino con un proceso que combina la técnica de pintura encáustica, la fotocopia y el trabajo gestual de transferir la tinta a la cera.

 

La artista rescata un cúmulo de conocimiento que pertenece, de cierta forma a su país, pero que muchas veces resulta desconocido. Al reinterpretar pensamiento ancestral, a través de un lenguaje contemporáneo y minimalista, no sólo difunde y reivindica estas visiones, sino que crea una llamada de atención sobre el manejo del patrimonio vivo de México, así como de los recursos naturales de los que ha dispuesto durante siglos. Visto así, la importancia actual del espacio y la materialidad —surgida a partir de la arquitectura moderna y el minimal art— podría verse prefigurada en la colorida cosmovisión de los pueblos mesoamericanos. En Tezcatlocan, parece abrirse un espacio de misticismo y ambigüedad.