La forma blanda

Aurora Castillo, Argentina.

 

LOCAL Arte Contemporáneo, Santiago de Chile, Chile – 2018
Curaduría: gastón j. muñoz j.

Fotos: Teresa Fischer

 

Las esculturas de Aurora del Castillo, realizadas con pinturas y pigmentos sobre diferentes materiales como yeso, hierro, cemento y plástico, connotan la exploración de las posibilidades que la artista articula en la fusión de elementos.


“(…)Es el vínculo lo que define la forma, en un desarrollo orgánico y no lineal”, agregando que “un material puede activar un diálogo con otro y aportar una superficie particular relacionada al tema de la obra y a su vez con el entorno, evidenciando también su parte invisible. Mis obras están entre los límites de la pintura y la escultura, porque se ubican en un espacio de reflexión sobre el recurso formal”.

 

 

Texto curatorial por gastón j. muñoz j :

 

Ablandar las formas: engullibilidad y retozo

 

Si existiera esa alma de la mercancía de la que Marx habló alguna vez en broma, sería entonces la más sensible que haya habido jamás en el reino de las almas. Pues vería en cada persona ese comprador en cuya mano y en cuya casa querría [retozar].

Walter Benjamin (1938)

 

Hace muchos años, un historiador vienés dijo que el arte abstracto aparecía en las sociedades donde la crisis profunda arremetía contra el bienestar de las personas. Luego, más cerca de nuestro tiempo, dos pensadores franceses tomaron esta idea sobre la abstracción y plantearon que es dentro de su espacio de interpretaciones libres donde se da lugar a asociaciones impensadas entre actantes aleatorios. El primero de los pensadores se apellidaba Worringer, los segundos Deleuze y Guattari. Lo personal, se ha dicho, también es político. La abstracción es una utopía de larga historia en nuestro continente, donde los idearios y programas del progreso son puestos en tensión estética. Pero la abstracción es también un dispositivo identitario, uno que nos permite desacelerar la fugacidad de las imágenes y preguntarnos por el futuro que queremos en la época de la reproductibilidad tecnológica y de la revolución digital. A través de las experimentaciones materiales y cromáticas, de los soportes plegables de papel, la tela con su propensión al viaje y los volúmenes de construcción autópoda, Aurora Castillo articula una experiencia visual en cuya factura otorga sentido a la labor del artista en una contingencia de profundo malestar social en Argentina y en el Cono Sur: cuando un Giro a la Derecha de tintes neofascistas es interpelado por la catarsis feminista, actualizando la disputa entre lo viejo y lo nuevo.

 

Tras el potente fulgor de los conceptualismos que arremetieron al continente en la época de la Operación Cóndor, les/las/los artistas latinoamericanos apostaron por alejarse de la materialidad del objeto para ingresar en nuevas búsquedas que abandonaran al mercado artístico y que se proyectaran hacia el mundo social. Sin embargo, la posterior época de los consensos y de la amnesia que consolidó el sistema neoliberal y su precarización de toda dignidad impulsó un capitalismo acelerado cuyas configuraciones cognitivas intentaron rápidamente hacer de cada experiencia política disidente reconocible por su panóptica un nuevo producto de mercado para así vaciarla de contrariedad efectiva. La crítica Nelly Richard ―voz configuradora de las prácticas artísticas de «avanzada» durante la más reciente dictadura en Chile― diagnosticaba en una conferencia hacia el año 2003 cómo el arte crítico de Latinoamérica es hoy distribuido por el mercado primermundista del arte de manera reduccionista, cuando la «curiosidad metropolitana hacia las desventuras históricas del otro periférico espera de ese otro lejano que cuente sus dramas de la memoria en una lengua más bien referencial-documental». Siguiendo esta línea, podemos aseverar como la función-centro con su retórica dominante de la bienal artística espera lo «ilustrativo» de la condición «testimonial» como etnografía prediscursiva de las culturas periféricas en general y latinoamericana en particular. Lo que no recoge N. Richard en aquel análisis es la posicionalidad local del campo artístico que busca la autosubalternización como merchandising cultural, incurriendo en la reiteración cosmética de ciertas prácticas de «avanzada» desahuciadas de las implicancias políticas de su contexto; experimentalidad formal cuya reelaboración de los códigos del lenguaje artístico alguna vez estuvo íntimamente imbricada por estrategias de sobrevivencia semántica ante la crisis del sentido propagada por los abusos del autoritarismo. Son lxs propixs agentes locales buscando el amparo de la Concertación y de los fondos concursables estatales quienes vacían al arte desmaterializado de los ochenta de su referencialidad, empleando sus tropos como clisés aspirando a hacerse de algún puente de acceso para las plataformas internacionales (bienales, concursos, ferias, residencias en el primer mundo…). ¿Dónde queda espacio para la crítica institucional en la actualidad cuando la superestructura política se encuentra cooptada por los intereses de los privados y su economía especulativa, salvo para el ojo exotista del coleccionismo extranjero?

 

Pero la engullibilidad de los juegos matérico-texturales y la cromaticidad no se quedan en lo virtual de la abstracción y sus mundos posibles, sino que se articulan en estructuras independientes que se presentan como cuerpos que complementan la actualidad axiomática que es la topografía de exhibición. Es aquí donde se activa la forma blanda como diagrama reflexivo en la obra de A. Castillo: no sólo en la aleatoriedad juguetona y sus accidentes alucinantes como contenido de la obra sino en su disposición formal en cuanto dispositivos materiales autovalentes. Autovalentes, autópodos, pero nunca «autónomos» en el sentido liberal del término. Jactándose de ciertos emblemas de la arquitectura Occidental ―el arco, la columna, el dintel, los frisos― en simultáneo con los materiales que emplean precariamente albañiles, gráficxs y modistas, la artista se cuestiona sobre los ordenamientos patriarcales clasistas y racistas que rigen a la gubernamentalidad ejercida sobre los pueblos. Si para la mirada masculinista de Occidente lo erguido de la arquitectura monumental es el máximo tropo de la virilidad republicana, los ejercicios plásticos de A. Castillo tensionan sus significantes fálicos por los espacios de lo dulce, lo dúctil, lo lábil y el pliegue: todos movimientos que increpan o rebalsan a las estructuras rígidas de las barras o de las rejillas. Tal como la propuesta exhibitiva de A. Castillo se cobija suavemente sobre los restos de una explosión detonada accidentalmente por el artista Carlos Costa, la inmanencia de sus sardónicos materiales buscan retozar con la experiencia espectadxr como cómplices en el goce o quizás incluso poniendo en duda ciertos prejuicios sobre las formas y las maneras en las que estas debieran ser.

 

 

1- Castillo, en esta exposición individual que es su primera en el país, trabaja desde ciertas estrategias que hacen indivisible la experimentación material de su proceso artístico del contexto de aquella producción. Apela a la abstracción de los colores y las texturas, distando tanto del retorno de la figuración como del arte sin objeto en el campo contemporáneo. Sin embargo, es aquella inmediata presencia de la materialidad en la obra de A. Castillo lo que permite una desaceleración del tráfico saturado de imágenes con las que el neoliberalismo nos adoctrina dentro de su pedagogía del consumo. En un texto sobre lo político en el arte, Boris Groys comenta sobre una cuota de fantasía que escapa a toda representación ―incluyendo la realista― en cuanto «toma un cierto estado de cosas fuera del flujo temporal.» El trabajo artístico, sabemos ya desde las meditaciones de Martin Heidegger, es un tipo de trabajo muy especial debido a que no aporta a la vida útil con la que lxs adultxs reproducimos el capital. Si bien el mercado transnacional del arte nos demuestra que las «obras de arte» pueden ser transaccionadas por cuantiosas sumas de dinero, el trabajo artístico en sí carece de utilidad: es distinto porque, salvo en los casos donde el conceptualismo radical permite comprender el arte también como un oficio útil, lxs artistas suelen no aportar en nada «concreto» a la infraestructura capital como si lo hace xl panaderx o más argüiblemente xl burócrata. Aquí se aloja un potencial tremendamente subversivo en el arte, que es su juego infinito de críticas e ideas que vuelven a organizar al mundo de maneras inesperadas y que lo vincula con aquel tiempo de infancia cuando nuestros cuerpos aún no eran esclavizados tan tajantemente por el género y por el trabajo. Allí que los festejos cromáticos que inundan las propuestas de A. Castillo con todo su ludismo nos hacen comprender algo que subyace a todo tipo de producción (útil o inútil), que es el deseo que alojan. El trabajo que hacemos, en el mejor de los casos, debería poder sustentar la dignidad y las necesidades de nuestras vidas sin desmerecer al goce de nuestros cuerpos. El juego de gamas cromáticas y marmolados que se repite en los papeles, telas y yesos de A. Castillo, tan próximos a la repostería, les entregan cierto carácter de engullibilidad. Fomentando este placer por las superficies matéricas y sus juegos abstractos, se nos hace evidente de golpe la reificación del cuerpo de les trabajadores dentro del objeto-mercancía, al tratar de hacer pulsionar a los materiales inertes dentro de aquel goce del que somos cómplices. De esta manera, el ejercicio artístico adquiere una emancipación cuando los ensayos de paleta se tornan la base constitutiva de la obra. O cuando las dinámicas de taller ingieren directamente en la producción, pensando en cómo el volumen de las obras de A. Castillo ha crecido significativamente desde que ingresó este año a los espacios de trabajo de Munar en el barrio La Boca de Buenos Aires, o como las dinámicas grupales que allí vive hacen de sus procesos los verdaderos remanentes de experiencias colectivas dentro de la complicidad de sus compañerxs. Ante una inminente crisis social de las configuraciones tardías del capitalismo que vivimos en las periferias geopolíticas, A. Castillo ―junto a varios otros cuerpos― busca eclosionar los múltiples afectos micropolíticos en pequeñas comunidades de acción y revuelo que se reflejan en las estructuras artísticas que nos señala.