Jardim de Yeda

Simone Cupello, Brasil.

Central Galería,  São Paulo, Brasil – 2019.
Fotos cortesía de Central Galería.

Texto de Eder Chiodetto “Estrategia para hacer florecer las fotografías del jardín”:

Cada fotografía es el resultado de un objeto específico que se observa en un espacio. Cada forma encarcelada dentro de una foto exige que un par de ojos la analicen. La mirada, a su vez, tiene que descifrar parcialmente lo que está impreso en la superficie. Pero ¿y si la foto se rebela contra el Enigma de la Esfinge? ¿Y si, antes de la imponente proposición “descifrarme o devorarte”, convoca no solo una percepción visual, sino a todo nuestro cuerpo para actuar ante un conjunto de imágenes que toman volumen levitando en el espacio?

El trabajo reciente del artista Simone Cupello desafía nuestra relación estandarizada con las colecciones de fotos. Notamos su apoyo, el cuerpo de la fotografía, y le damos el mismo protagonismo que le dedicamos a las imágenes reales.
Organizados en álbumes, olvidados en sobres, organizados en cajones o en cajas de zapatos viejas; Las fotos familiares, cuando se vuelven a visitar, generalmente se ven en orden secuencial, una por una, o en pequeños conjuntos sobre una superficie. Visto de esta manera, despiertan recuerdos, emociones fortuitas y generan conexiones entre distintos tiempos y espacios mediante la lectura en espiral, que el filósofo Vilém Flusser llamó “magia”.

Aunque utiliza copias de fotos vernáculas, distanciándose de los archivos digitales, Cupello afirma no tener interés en los recuerdos iconográficos, sino en la interacción de las personas con el material fotográfico. Para la artista, la magia de observar imágenes que causan una repentina y sorprendente resurrección del pasado en el presente se desplaza a la observación del cuerpo fotográfico, responsable de armar esta paradoja temporal y espacial. A través de las estrategias de Cupello, la anatomía sensual de este cuerpo significante se proyecta en el espacio con una coreografía dinámica, orquestada por formas y tonos, generando una instancia volumétrica.

Para construir la obra “El jardín de Yeda” (“Jardim de Yeda”), la artista utilizó la colección de fotos de una persona, que ella no conocía, y a quién le dio el seudónimo de Yeda. El conjunto totaliza alrededor de dos mil fotos que se tomaron durante innumerables viajes alrededor del mundo en el transcurso de treinta años. Omitiendo imágenes donde aparecía gente, la artista organizó las fotos en grupos que revelan el interés principal de Yeda: flores, jardines, esculturas de jardín, bosques, animales en la selva, vastos paisajes, castillos bucólicos, ruinas griegas, macizos de flores de la ciudad, flores en jarrones en hoteles y restaurantes.

Al crear yuxtaposiciones de imágenes con analogías y texturas cromáticas, la artista invirtió en un viaje curioso que revela la relación extática de Yeda con el gesto fotográfico. Al final de este proceso, no tenemos solo otro conjunto de fotos destinadas a la lectura lineal, sino un organismo que vibra en el espacio y continúa reclamando no solo la percepción visual del espectador, sino de todos sus aspectos y facultades sensibles.

Las formas, una vez encarceladas en la superficie, son liberadas por una inesperada tridimensionalidad que subordina las partes a la totalidad. De esta manera, se genera un sistema renovado de percepción en el que las nociones de distancia y proximidad, similitud y diferencia, equilibrio y simetría y articulación entre la figura y el fondo se desbordan al espesor de este organismo flotante. Las aventuras del/ la fotógrafx viajerx se materializan poderosamente. Todo lo que se desvanece en las fotografías, desde la entropía y la yuxtaposición, florece completamente en el jardín de Yeda.