Enie

Delcy Morelos, Colombia.

NC-arte, Bogotá, Colombia – 2018.
Fotos: Ernesto Monsalve, cortesía de la galería.

 

Texto de Claudia Segura:

 

La madre es la fuerza transformadora, la parte dulce de la existencia,
es decir, la que llena de formas al mundo
—Isaías Román, indígena uitoto de la región de Araracuara en el medio del río Caqueta, Colombia.

 

Estáis tan acostumbrados a la luz, que temo que os deis un traspiés cuando yo
trate de guiaros a través del país de la oscuridad y del silencio.
—Helen Keller, El mundo en el que vivo, 1908.

 

A Rebeca solo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal
que arrancaba de las paredes con las uñas.
—Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, 1967.

 

La muestra de Delcy Morelos para NC-arte se presenta como un homenaje, casi una ofrenda, a los saberes mágicos, domésticos e intuitivos de las culturas ancestrales. A través del acto de endulzar la tierra —en una suerte de preparación con clavo, tierra, panela, manteca de cacao, arcilla y cera de abejas— la artista conecta elementos del pasado con imaginarios del futuro y nos lleva a un terreno donde la memoria y la infancia tienen protagonismo.

 

A primera vista podríamos presenciar una puesta en escena propia del minimalismo: millares de piezas redondeadas multiplicadas por el espacio, formas esféricas que se repiten incansablemente. Lo fascinante es que esta reiteración apela precisamente al opuesto de la racionalidad y la frialdad de los materiales propios de lo minimal. Los círculos son irregulares; lejos de ser perfectamente geométricas, son galletas de tierra, amasadas una a una por manos femeninas, diferentes cada vez, de lo que resulta un acabado único.

 

Enie: “tierra” en uitoto, es una instalación inmersiva que propone una relación directa con la textura y la escala de la tierra. La galleta deviene memorándum claro del mundo doméstico, de lo afectivo: una dulce reminiscencia de la infancia y la feminidad como portadora y preservadora de alimento y calidez.

 

Las piezas provocativas, huelen, son oscuras como las noches que las secaron, nos imponen el deseo de saborear. Igual que de pequeños comimos tantas veces tierra, impulsados por las ganas de sentir el sabor del suelo en la boca, estas galletas de tierra nos llevan a un lugar muy especial de nuestra memoria, donde se aglutinan lo intuitivo y lo animal. La tierra deviene el alimento esencial, con sus múltiples capas de sabiduría.

 

Para Morelos, la tierra es un ser vivo que debe tratarse con delicadeza y cuidado. Es por esto que lo afectivo en Enie existe desde su proceso de creación, en la mezcla de los materiales, en este hacer a mano de las galletas, en su disposición, en la composición de toda la comunidad que representan. Enie se mueve, se seca, muta, su olor aparece y cambia según las temperaturas, el color se agrieta a través del tiempo —como nuestros cuerpos—, es sagrada, pero frágil y perecedera si no se endulza. Igual que se hace en los rituales de las mesas andinas, o Misha, en las que se azucarea la tierra para pedirle prosperidad y fertilidad, aquí se le devuelve a la tierra su dulzura.

 

La estructura que ocupa el primer piso del espacio nos recuerda a un río o a una pequeña llanura ubicada justo a la distancia media entre la altura estándar de una mesa —donde se come—, y el piso —donde se recoge la tierra—. La artista nos obliga a acostarnos levemente para ver las piezas sobre esta tarima de arcilla, un gesto de respeto en el que el cuerpo debe producir una torsión, bajar los ojos y mirar la tierra, mientras la recorre y la penetra. La tierra que aparece en este paisaje dibujado por la topografía imaginaria es la misma que existe en nuestro cuerpo: de donde venimos y a donde volveremos inevitablemente.

 

La relación mística con la naturaleza es evidente a través del recorrido de esta muestra, que nos invita a comunicarnos con el cuerpo y los sentidos, dejando de lado la supremacía de la vista para entrar en contacto con la mirada inocente de cualquier origen, como si volviéramos a un lugar que conocemos muy bien, pero que hemos olvidado.

La artista nos lleva de la mano hacia la densidad oscura de la tierra para evidenciar y rescatar ese aspecto —a priori negativo— y mostrar el impulso de esas fuerzas opacas tantas veces asociadas a las brujas que en realidad esconden conocimientos alquímicos, conectados a la sabiduría. Enie se yergue como una apelación femenina, que quiere reconnotar la figura de la hechicera y su potencialidad.

 

De los orígenes, de las raíces, emanan los conocimientos ancestrales para la sanación. Del mismo modo que se cura la cerámica, el proceso creativo para Delcy Morelos en un engranaje para curar y una manera de estar en comunión con el mundo que nos rodea. Ver a través de las manos, entender y oler la textura telúrica.