El equilibrio

Ariadna Pastorini, Uruguay.

Walden Galería, Buenos Aires, Argentina- 2017.
Curadora: Patricia Rizzo

 

 

“Notable creadora de acertijos y paradojas, tras un imaginativo proceso creativo Ariadna Pastorini ha venido construyendo a través del tiempo un recorrido original y magnético que una vez más se revela sorpresivo. Nuevo y constante a un tiempo, porque mantiene una línea de continuidad en su producción y ésta es y no es la misma, revelando en cada instancia nuevos aspectos, otros repliegues inesperados. No es fácil encontrar las palabras justas para aquella seguridad que transmite un artista cuando siente que encastran todas las piezas, o apareció la última que evidencia a todas. La veo así, con sus nuevas y viejas obras; esta vez entonces otra composición imitativa de sí misma, con el aura que deviene de la cristalización de una obra madura, la suya.
En el proceso de la exhibición, Ariadna me cuenta que había pensado hacer una muestra sobre la temática del cuerpo, acerca de la valoración del mismo, un conjunto para formatear una línea de pensamiento sobre el tema. El cuerpo sobre todo y lo dice como si fuera una especie de novedad. No lo es en su producción, aunque tal vez encuentre en esta ocasión un enfoque más enfático. Me causa gracia y admiración cuando exhibe una forma amorfa y misteriosa y dice “….bueno… esta mujer es un poco más fuerte que esta otra…”. Ah… ¿Es una mujer? Pero no tiene cabeza… “Ah no… no tiene” dice segura de que no le hace falta, ni ese miembro ni ningún otro para que de todas formas la mujer sea. Ariadna siempre vuelve a esas formas, va y viene de ellas, hurga y les busca pliegues, repliegues y nuevas lecturas cada vez, como si disponiéndolas de otra forma o en otro sitio finalmente aceptaran decir algo que hasta el momento tenían guardado, como la confesión de una presunta intimidad que estaba escondida o dormida y que se vuelve finalmente accesible.

 

 

Sus órdenes clasificatorios son inesperados y en esa amplitud de mirada transmite y revela composiciones inauditas que los espectadores vemos a veces con incredulidad, pero siempre con mucha atención. Es como si probara recursos de exhibición totalmente independientes del relato conjunto y esa transformación de los espacios reformulara una narración a veces clásica y otras rotundamente disruptiva. Básicamente se percibe experimental, proporcionando placer y gratificación con sus piezas preñadas de un magistral poder de síntesis, pero la disposición involucra el diseño de un trayecto complejo en el que la recepción o “el viaje” se encuentra en lo que vemos y en lo que leemos.
Cada uno de los fragmentos se manipula y se mezcla con otros a pesar de no ser análogos en su grosor, su textura o su color. Grafismos estampados, transparencias de distintas densidades, brillo u opacidades de las telas le permiten crear formas diversas que distinguen cada una de las piezas, según la unión de sus particularidades. Es precisa en su manera de componer manteniendo un criterio pictórico y por supuesto, un sentido del volumen sin esculpir, dando una condición mutable a las piezas, las que resultan fuertemente sensoriales y ponen de manifiesto la condición lúdica de su forma de producción. Colgadas del techo, desparramadas en cualquier parte o dispuestas en una clásica base en la que podría estar un mármol, sus obras evidencian tanto el lujo como la decadencia en la plenitud de su imaginario arrebatado. Sedas contundentes unidas a telas de base de nylon, tules primorosos que finalizan en cueros de imitación o tramas plásticas se repelen entre sí, en uniones inesperadas. “Todas las clases sociales, para todos lo mismo”, dice, mientras imagino que algunos de esos brillos soñaron transformarse en atavíos de etiqueta. Claro que ahora son parte de columnas aparentemente sólidas o de uniones imposibles de prendas reconvertidas en formas amorfas, o de alguno de los cuerpos, o cualquier formato, pero siempre improbable. La forma en que las dispone, o en la que reconvierte su uso hace que finalmente las piezas transmitan despreocupación más que precariedad, y creo que es consciente de que esa gracia la encuentra en sí misma.
Como si toda una estética y una manera de hacer le correspondiera, y su mente vagara por otros lugares a los que estamos convidados -pero que definitivamente no es éste-, Ariadna registra una abrumadora conciencia de cada construcción, prefigura el modo o la dimensión que cada una de ellas va a tener y elabora a sabiendas de que su obra definitivamente se termina de armar y se torna verosímil a través de la recepción. Avanza con temeridad y gusto por lo experimental a partir de su gran conocimiento estilístico en el que coquetea tanto con el pastiche como con la sátira, en esa suerte de collage constante que tiene poco de casual y que transita por una gran enumeración de razones y  estrategias involucradas. El humor y la ironía de poner nuestro mundo entre interrogantes están siempre presentes en ella, en un compendio de atributos que podrían percibirse como desordenados. Se trata no obstante, de una profunda indagación y curiosidad por los diferentes estilos y finalmente, resultan en su acuñación estilística.
El atractivo de lo presuntamente oculto o marginado, salvaje y sin normas en sus objetos fetichizados radica en que funcionan individualmente pero también como historia coral. La clave es que resultan verosímiles porque lo son, cada uno de ellos atraviesa su concepción plástica y expande las posibilidades, como una rama fantástica de objetos fronterizos que responden a ciertas formas y a cierta necesidad de imaginarse, una ilusión palpable, como la verdad de una ficción.”